COMPOSTELANEANDO
22 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.LA ESCULTURA PÚBLICA, su evolución formal y los cambios en su intencionalidad y percepción, ilustra perfectamente el devenir cultural de nuestra sociedad urbana. De su dimensión monumental, con carácter figurativo o simbólico, para representar hazañas, héroes, próceres y valores patrios o del trabajo, y tras una etapa zoológica poco relevante, pasará en los años sesenta a introducirse en el terreno de la abstracción. Lo abstracto, frecuentemente, es incomprendido porque «no se parece a nada de lo que yo conozco, no lo entiendo ni quiero entenderlo porque no me representa». La idea esencialmente moderna de que la obra de arte no hay que entenderla, ya la anticipaba Kant cuando decía que una mirada ingenua, primitiva, sin prejuicios ni anteojeras, constituye en muchas ocasiones el referente de la experiencia estética. La modernidad ha incorporado la escultura al paisaje urbano de distintas maneras, y en los últimos años ha proliferado de modo sorprendente en ciudades y villas de todos los tamaños, con un resultado rara vez innovador. Cuando no se sabe qué hacer con un espacio público, tiende a llenarse de objetos, farolas, bancos o papeleras y, cómo no, alguna estatua. Ante un espacio que impresiona por su monumentalidad o su belleza natural, el formato escultórico se jibariza, como acomplejado, y trata de pasar inadvertido, pero lo único que consigue es parecer ridículo. Si en los ámbitos de decisión domina el conservadurismo ideológico, se traduce inexorablemente en un imaginario folklórico, ya sean violeteras, carros de bueyes o dornas, como representación de todo aquello que afirma la permanencia frente al cambio. Por último, algunos artistas que juegan a ser «modernos» sin dejar de complacer un gusto de consumo, banalizan lo abstracto con objetos deformes y absurdos, que lo mismo encajan en un paseo marítimo que llenan un hueco en una urbanización. Los compostelanos tenemos a nuestro alcance algunos buenos ejemplos de artistas gallegos que han sabido leer el lugar, el entorno, sea éste arquitectónico o paisajístico, aportando nuevos elementos al patrimonio escultórico de la ciudad. Así Camilo Otero, con su rompedora Pasionaria ante la Facultade de Económicas, la primera obra moderna de verdad que se instaló en la ciudad. Silverio Rivas ha aportado a la suavidad de los jardines que descienden hasta el Auditorio de Galicia la vibración de una pieza majestuosa de piedra blanca. Paco Leiro crea un nuevo lugar en el locus histórico de Santa Susana con una alegoría contemporánea e irónica de Castelao, someramente tallada en perfiles abruptos sobre negro granito. El Asurbanipal de Eugenio Granell proyecta la sombra de su verticalidad como un reloj de sol que marcara el tempo de la ciudad histórica. En Bonaval, Leopoldo Nóvoa captura mágicamente el silencio en su círculo de piedras hincadas, con reminiscencias funerarias que conmueven la conciencia. Sobre estética se lleva hablando desde Platón, pero hay que reconocer que el gusto tarda mucho en forjarse, porque no es una noción establecida, no es algo estático, sino que se elabora generacionalmente, ya que deriva del diálogo de todos nosotros con nuestro entorno cultural y también de una forma personal de entender el mundo.