Ojo a los euros de pega

Nacho Mirás SANTIAGO

SANTIAGO

ÁLVARO BALLESTEROS

Reportaje | La peripecia de una mujer que pagó con un billete sin saber que era falso Ana fue retenida en un establecimiento comercial e interrogada por una agente

25 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

?o que le pasó a esta mujer le puede pasar a cualquiera y, la verdad, las consecuencias no son nada agradables. Vamos a ponerle un nombre falso, Ana, para salvaguardar su intimidad. Pero todo lo demás lo contamos como ella lo contó. Ana es profesora en un instituto de la ciudad. El pasado sábado se desplazó a un establecimiento comercial de Santiago para comprarle a su gato unas de esas hierbas que se venden para que los animales se purguen. Hecha la compra, se fue directa a la caja. De su cartera sacó un billete de veinte euros. La cajera se dio cuenta de que el billete era falso. Ana se quedó desencajada. Está convencida «en un 99%» de que el dinero lo sacó de un cajero automático de una entidad bancaria de la misma zona. De todos modos, decidió pagar la compra con otro billete, éste bueno, convencida de que la cosa se quedaría ahí, de que alguien se la había metido doblada y de que tendría que aguantarse. Pero nada más lejos. La cajera llamó a la supervisora, y la supervisora al guardia de seguridad. El vigilante la condujo a una pequeña oficina, donde le comunicaron que llamarían a la policía «por mero trámite», porque era algo que acostumbraban a hacer cada vez que se detecta un billete falso. Ana, con las hierbas de su gato en la bolsa, ya pagadas, esperó paciente una media hora. Los responsables del comercio le dijeron que estuviese tranquila, que no pasaría nada. Y llegó la policía. La tranquilidad que le habían dado a Ana se esfumó con la actitud de una mujer agente. «Al parecer, yo reunía todas las características de una estafadora», cuenta. En tono airoso, «rayando la impertinencia», la mujer policía le tomó los datos y Ana se ponía cada vez más nerviosa. «Le pedí que me demostrara que era falso, ella lo arrugó y dijo que era una fotocopia, y mal hecha». Y el cuento no acaba ahí.