¡Dios, cómo aprieta!

La Voz

SANTIAGO

PACO RODRÍGUEZ / ÁLVARO BALLESTEROS

Mientras media ciudad busca refugio con 35,2 grados en la calle, los «curritos» resisten al sol Fue el tema del día, y seguirá siéndolo. Usted mismo, por ejemplo: ¿Cuántas veces dijo ayer eso de «Dios, qué calor hace»? Pero quizás usted estaba al fresco, refugiado bajo el chorro acondicionado de una céntrica cafetería o a la sombra de un árbol en Bonaval. Lo malo es que los «currantes» dicen lo mismo y, aún encima, tienen que seguir trabajando. Va por ellos esta serie fotográfica del día más caluroso del año, 35,2 grados que gente como Luis, Alfonso, Antonio, Ricardo y Manolo soportaron con dignidad y agua mineral en el tajo, con la pala y con la escoba. Si no fuese por gente como ellos, el mundo se apagaría.

20 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

NACHO MIRÁS SANTIAGO «Aínda menos mal. Vai calor, moita calor, pero polo menos non ando mollado». El que habla así es Luis, un barrendero de la zona vieja que alterna los escobazos con largos tragos de agua mineral. «O traballo hai que facelo o mesmo, non se perdona», añade. Abrasado bajo el sol, a 35,2 grados según el Observatorio Ramón María Aller de la Universidade de Santiago, está Alfonso. Se encarga de regular el tráfico en las obras de Xoán XXIII. Igual que Luis, prefiere el calor a la lluvia. «Claro que vai calor, estamos no tempo e temos que pelear con el; pero é moito peor a auga», dice. También hay obras en la rúa de Bonaval -por cierto, parecen eternas-. Antonio, uno de los obreros del mono rojo, se refresca con una botella de agua de Sousas que le moja la garganta y los pelos del pecho. «Isto é moito, meu, pero hai que traballar». Y, con la misma, le ofrece un trago a Ricardo, a Santi, a Manuel y a Antonio, que comparten con él una interminable y calurosa tarde de albañilería urbana. «Aquí nada de contos, hai que estar as oito horas ó pé do cañón; entre todos debemos de beber ó día entre dez ou doce litros de auga, senón é imposible», dice otro de los «curritos». Mucho mejor se lo ha montado Ángel Domínguez, el vendedor de pañuelos y lambonadas de la rotonda de San Caetano. Desnudo de cintura para arriba, pasea las calles del casco monumental diciendo que no, que de ninguna manera, que con este calor no se puede trabajar. Así que hoy no ha acudido a su cita con el semáforo, y no piensa volver mientras el tiempo siga así. «Alguna ventaja tenía que tener el autoempleo», dice. El mirador de Fontiñas, monte arriba, parece un campo de guerra. Cuerpos inmóviles, posturas de contorsionista y piernas abiertas, los compostelanos se tumban al sol hasta freírse. Ya lloverá, ya.