Setenta y dos horas a la sombra

La Voz

SANTIAGO

XOÁN A. SOLER

Los calabozos policiales son un retrato de la vida marginal y subterránea que también existe en la capital de Galicia Es como un viaje a las catacumbas de Santiago. Los calabozos de la Policía Local, en el pazo de Raxoi, y los del Cuerpo Nacional de Policía, en Rodrigo de Padrón, son lugares en los que no apetece estar ni siquiera de visita. Están limpios, sí, pero huelen a pobreza y a abogado de oficio. La luz artificial, el alicatado, las rejas, los pestillos, las cerraduras, las inscripciones de las paredes... todo pertenece a un submundo que está ahí mismo, a pocos metros de la catedral. Los que no han estado nunca no se pierden nada; los que han pernoctado alguna vez, seguro que han aprendido a valorar como nadie la dulzura del hogar.

24 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

N. M. SANTIAGO Por muy cuidadas que estén las mazmorras, «a ninguén lle gusta estar preso», dice el suboficial de la Policía Local de Santiago José Antonio Carril, que hace de guía por unas dependencias que deprimen lo normal en estos casos. Los calabozos están ubicados en los bajos del Pazo de Raxoi, sede del Concello y de la presidencia de la Xunta. El «visitante» dispone de dos celdas de unos ocho metros cuadrados, pensadas para dos personas, y de otra a la que llaman «la colectiva», que tiene unos treinta metros de superficie y puede albergar hasta seis inquilinos. Es el panteón de los gallegos indeseables. Las paredes están pintadas de blanco y completamente cubiertas de inscripciones de los inquilinos. Nos dicen que pintan con restos de comida pero, por el color, la tinta artesana parece tener otro origen mucho más intestinal. La ventilación es natural, con ventanas que dan al patio cerradas con rejas. Cada una dispone de un water sin asiento, de escape libre, un rollo de papel higiénico y un lavabo infame de acero inoxidable. Los presos tienen la posibilidad de utilizar un «completo» baño con ducha que hay en el patio, previa petición a los guardias. El acomodo nocturno se hace en unas bancadas de cemento, en las que, cuando se esconde el sol, se colocan un colchón de espuma y unas mantas, «hasta tres en invierno», precisa Carril. No hay radiadores en las celdas, pero sí en el pasillo. En cualquier caso, el olor de las colchonetas no se puede contar con palabras. Sobre la antigüedad de estas instalaciones, el suboficial dice que, cuando empezó a trabajar, hace treinta años, «ya existían, pero se hizo una remodelación posterior para cambiar de sitio las ventanas». Tanto las lámparas como los grifos son «de seguridad», para evitar destrozos. Como Santiago es partido judicial, la Policía Local está obligada a tener depósito provisional de presos, de modo que las tres celdas se utilizan tanto para detenidos como para personas «en tránsito» que tienen que ingresar en prisión.