El Monte del Gozo... y la sombra

La Voz

SANTIAGO

SANDRA ALONSO

El lugar se ha convertido en una zona variopinta en la que se mezclan estudiantes, peregrinos y trabajadores de distintos países El peregrino llega a Lavacolla y puede cumplir la tradición de lavarse, pero sube al Monte do Gozo y tiene problemas para gozar de las vistas primeras de la Catedral ansiada. En su lugar, un moderno hotel paquidérmico enturbia su visión: el gozo tiene ahora una sombra. A cambio, el monte se ha convertido en una variopinta ciudad donde se mezclan estudiantes, peregrinos, trabajadores, rockeros, monjas, ateos, camareros y electricistas. Donde antes había tojos y flores, ahora hay restaurantes, cafeterías, supermercado, lavanderías, biblioteca, centro médico, auditorios, residencias, albergues... Siete años después de su inauguración, el Monte do Gozo se ha consolidado como ciudad de vacaciones y se prepara para recibir a 4.000 residentes durante la celebración del Santi Rock y para atender a los miles de turistas y peregrinos que en estos días reservan habitación.

08 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

SANTIAGO. A. DE LA TORRE. Él se llama Lenin, tiene un hermano bautizado como Fidel y unos padres, naturalmente, revolucionarios. Ni es comunista ni es ruso. Sus apellidos, Vieira Fernández, dan pistas sobre su origen: padre portugués, madre gallega, nacimiento en la emigración parisina y retorno a Galicia. Lenin es el encargado de servir comidas y desayunos a miles de peregrinos durante el año y a 400 universitarios durante el curso. Ella se llama Ana Rodríguez y es imposible que te haga caso. «Monte do Gozo, le atiende Ana... Monte do Gozo, le atiende Ana... Monte do Gozo, le atiende Ana...». Los teléfonos de recepción echan humo. Llaman de toda España reservando alguna de las 526 habitaciones, avisando de que quieren parcelas de cámping, anunciando la ocupación del lugar durante la inminente celebración del Santi Rock. Son las diez de la mañana en el Monte do Gozo y hay buenas sensaciones. Olores: a hierba fresca, a flores de perfume tímido y, fundamental, a limpieza en el interior de los pabellones. Sonidos: el runrún de un cortacésped, risas ahogadas de los niños en el parque infantil y un par de pájaros. Visiones: en lo inmediato, verde yerba, gris de hormigón, technicolor de macizos floreados; en la lejanía, la sombra del hotel y al fondo, Compostela. Sabores: magdalenas, panecillo, pieza de fruta, zumo, mantequilla, mermelada y café, todo por 300 pesetas en el self-service de Lenin, donde hoy han desayunado 400 personas. En agosto, llegarán a 1.200. Repasemos con ojo crítico la ciudad de los peregrinos. Los baños: están limpios, en perfecto estado de uso, tienen jabón, papel... ¡Atención! Un baño se está inundando. Parece una travesura: han dejado abiertos los grifos y han obstruido los desagües. Cerramos la llave, avisamos a Lenin, llega el servicio de mantenimiento y la explicación: «Son 300 niños y siempre hay traviesos». Seguimos la ronda. En la zona comercial se ve que no se hace mucho negocio. Sólo la lavandería parece funcionar a buen ritmo entre las 8 de la mañana y la una de la madrugada. El pequeño supermercado abre a horas raras: de 13.30 a 15 y de 20 a 23. La tienda de recuerdos y la de deportes de aventura están cerrados. El parque infantil está cuidado y los aparatos parecen en buen estado. Quizás sea más útil y barato traer aquí a los niños que enviarlos a Inglaterra a aprender idiomas: en los toboganes, siete muchachos se entienden en inglés, español, francés y alemán. Se ríen como si hablaran el mismo idioma.