El sonido del despertador cortó el descanso dominical. Miguel, medio aturdido, comenzó a poner orden en su cabeza respecto al motivo de madrugar un festivo. En ese momento, su hijo Martín —un torbellino de 6 años— irrumpió en la habitación urgiéndole a que se levantara. Hoy era el día. Iban a ver en persona a su ídolo. Lema, como era conocido en el mundo del fútbol, venía con su equipo a la ciudad. Lo que Martín ignoraba era que su padre y Lema habían nacido y crecido juntos en la misma aldea.
En la primera comunión a Lema le habían regalado unas botas de fútbol que fueron motivo de su apodo, Botines. Su amistad duró hasta que Lema dejó los estudios y se dedicó de lleno al fútbol, mientras Miguel se marchó a la universidad.
Después de un desayuno fugaz por los nervios de Martín, se subieron al coche y se desplazaron hasta la ciudad, a la entrada del estadio.
Y llegó el momento. El autobús donde venía Lema abrió las puertas y los jugadores comenzaron a desfilar entre aplausos, saludando a los aficionados con sonrisas y algunos selfis. Y le tocó el turno a Lema. Bajó del bus, pero oculto tras unas enormes gafas oscuras y con unos cascos, al más puro estilo de actor de Hollywood, simulando una concentración del todo ridícula en un partido amistoso de pretemporada. Martín gritaba su nombre conforme se iba acercando, pero Miguel, viendo que iba a pasar de largo sin más, gritó con fuerza:
—¡Botines!
Lema giró la cabeza y aunque reconoció a Miguel, su ego le impidió detenerse. Ya no era aquel chaval de aldea, era una figura y continuó sin siquiera regalar una sonrisa.
A Martín le bastó con verlo, pero a Miguel su actitud de divo le enojó de tal manera que se prometió echárselo en cara en cuanto tuviera ocasión.
El partido comenzó y, a los nueve minutos, Lema, en un despiste, pisó el balón y las cámaras captaron cómo se rompía el tobillo. Una grave lesión con la que, sin duda, se perdería toda la temporada.
De camino a vestuarios, en la camilla, vio asomados a Martín y su padre. La mirada de este, junto a aquella suave sonrisa, no las olvidaría jamás.