«No te pongas triste, no corría por nosotros. ¿Cuando te convencerás de que los mayores somos invisibles?» Miré a la mujer que se sentaba al otro lado del banco. No hablaba conmigo, sino con un perro de ojos chispeantes y orejas tiesas, que intentaba jugar con la pelota roja que tenía entre las patas.
Volví a mi libro, pero las palabras de la mujer habían avivado mis recuerdos. Mi madre, intentando calmar mi llanto al morir mi abuela, me había susurrado. «No se ha ido. Estará siempre a tu lado. Los mayores un día se vuelven invisibles y se quedan a nuestro lado, para cuidarnos».
La mujer seguía hablando: «Además, llevaba mucha prisa. Los jóvenes siempre tienen prisa».
Sonreí y cerré el libro. Miré alrededor. En el pequeño parque no había ningún joven, tampoco había niños, solo dos hombres que charlaban apoyados en sus bastones, la mujer del perro y yo. Los ruidos de las calles circundantes llegaban amortiguados y se podían escuchar trinos de algunos pájaros e incluso el borbotear de una fuente. «Invisibles», repitió la mujer, «porque ya no valemos para nada». El perrillo no debía entenderla porque movía la cola alegremente.
Cerré los ojos para imaginar el gesto dulce de mi abuela invisible, que ahuyentó, muchas noches, mis miedos infantiles. Pensé que, con el paso de los años, las palabras no tenían el mismo valor. Que la invisibilidad de que hablaba la mujer nada tenía que ver con la de mi abuela.
Se había levantado brisa y el olor de la madreselva envolvió el banco.
—¿De verdad cree que los mayores resultan invisibles?— pregunté.
—Resultamos, hija, resultamos — respondió, acentuando la inclusión.
Tenía razón, las dos éramos mayores, pero seguí sonriendo, porque ella diría lo que quisiera, pero yo no podía incluirme en el «no valemos para nada».
Me acerqué y le hice una carantoña al perro. Él empujó la pelota hacia mí. La cogí y la lancé lejos. Fue a buscarla, no con la alegría de un cachorrillo, sino con el peso de la edad, pero la trajo y la colocó a mis pies.
—¿Pues sabe qué?— dije mirando a la mujer, mientras lanzaba de nuevo la pelota—. Que tendremos que armar más bulla para que se nos vea.