Desparejados

Ana Agustí Farré

RELATOS DE VERÁN

20 ago 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

No sabía de quién era el calcetín azul marino que se balanceaba en una de las cuerdas del tendal del patio de luces. De lo que estaba segura es que no me pertenecía. Su suave movimiento al no estar cogido por una pinza le daba una fragilidad inquietante. En cualquier momento se precipitaría al vacío sobre el tejadillo de uralita del entresuelo donde engrosaría una amalgama de cosas inservibles: bragas, servilletas, pañuelos; huesos de fruta que algunos vecinos lanzaban sin miramientos, colillas de cigarrillos y otros trastos impensables que envuelto todo por la suciedad, una vez al año —siendo optimistas—, desaparecería en bolsas de basura. El balanceo tomaba cierta intensidad porque el viento arremetía con mas fuerza y yo que soy indecisa por naturaleza no sabía si salvarlo de la caída o no.

Si me lo quedaba, ¿qué haría de un calcetín desparejado? Mientras pensaba sobre todo ello llamaron al timbre de la puerta y fui a abrir. Me olvidé, de momento, del calcetín.

Cuando regresara al patio de luces lo más probable es que la solución ya la hubiera tomado el viento. Voy y abro la puerta. Un hombre de unos 50 años con una atractiva sonrisa dice: «Perdone que la moleste. Soy el vecino nuevo del décimo y me ha caído un calcetín en su tendedero. Si fuera tan amable de dármelo». El corazón me dio un vuelco porque lo primero que pensé fue que el calcetín se habría caído al vacío y tendría que decirle que no había ninguno.

Deshice el camino hasta el tendal y al regresar, más contenta que unas pascuas, alargué la mano hacia el vecino con su calcetín.

«Pues no es este. El mío era negro y de pierna larga. La he molestado para nada. He visto que había uno colgado de las cuerdas y pensé. Esto de los calcetines es un problema, siempre acaban desparejados». «Tiene razón. A mí también me pasa».

Desde entonces nos encontramos a menudo en el portal, en el ascensor, en el horno y hablamos como si nos conociéramos de toda la vida. Mi amiga Quica me dice maliciosa que aprendamos de los calcetines y que no acabemos, como ellos, desparejados.

Ana Agustí Farré. Profesora jubilada. Barcelona.