Madera. Por todas partes. Un desierto en apariencia infinito de dicho material. Su limpieza y buen cuidado permitían apreciar los matices que la componían. Contaba con un número considerable de nudos negruzcos, espirales y tirabuzones; detalles imprescindibles que debe poseer toda buena madera. Sobre esta planicie, se alzaba cual trono una figura blanca. Esta se encontraba situada en el centro de la extensión de abedul y parecía regir en soledad un reino de ausencia, casi parecía...Una vez empezó a sentir el mareo, Carl separó el lado izquierdo de su cara de la mesa de la cocina. La piel de su rostro se fue separando con dificultad de la madera y parpadeó varias veces hasta recuperar perspectiva. Su ya ajustada mirada se dirigió de nuevo al objeto blanco. Intentó hacer frente al gran problema, a su cruel castigo. Alargó el brazo y cogió la taza vacía. ¡Vacía! No podía soportarlo. No lo merecía. Se le tenía que estropear la cafetera justo cuando no tenía dinero ni para comprarse un maldito café. Bien, pues no lo iba a permitir. Se levantó de golpe tirando la silla y llamó a su jefe.
- Lucas, qué tal, mira, te llamo para que sepas que hoy llegaré un poco antes a trabajar.
Sí, no te preocupes, el plan sigue en pie, solo necesito conseguir un puñetero café. ¡Bueno, pues yo sí que lo necesito por las mañanas! Sí, ya se me acabó todo el cobro del mes pasado. Eso no es asunto tuyo joder. Vale; perfecto; venga; sí; adiós.
Ya en la cafetería, Carl se dio cuenta de dos cosas: que odiaba a la camarera y que no hay mejor café que el que se hace uno mismo. Su reloj empezó a pitar con violencia, apuró su café de un trago, sacó una pistola de la chaqueta y disparó dos veces al techo. - ¡Esto es un puto atraco!- comenzó a chillar con fuerza, notando ya los efectos de su amado café.
Una vez robado el establecimiento comenzó la retirada. Carl puso el precio de su consumición en el mostrador y le lanzó un guiño seductor a la camarera.
Se giró y alcanzó a Lucas en la huida hasta el coche. - Espero que te compres una cafetera decente esta vez- le espetó Lucas sonriendo.
Juan González Tizón. Estudiante. 19 años. Santiago de Compostela.