Lo recuerdo como si fuera hoy. Aún tengo grabado el timbre de su voz diciéndome: «Blanca no va a quedar mañana contigo.
Hoy salimos y eso para ella es siempre lo primero. «Ni quiero ni pretendo ser mala contigo, pero hazte a la idea de que no irá».
Se suponía que ella era su amiga y quien la conocía mejor que nadie.
Aun así, con el teléfono delante y releyendo los mensajes intercambiados, no había ninguna razón para creer que no vendría a buscarme a las 10 de la mañana para vernos y desayunar.
He de confesar que, aunque trataba de hacer ver que me daba igual y que mi agrandado ego masculino estaba por encima de la situación, esa noche me costó
conciliar el sueño. Había hecho un viaje de 2000 kilómetros solo para verla. Hablar con ella todas las noches desde hacía semanas era algo que ya no hacía efecto; necesitaba volver a verla y, directamente, aterricé en Madrid.
Recuerdo el sol entrando por la ventana esa mañana de febrero y una luz parpadeante en el teléfono. ¿Y si era un mensaje de ella diciéndome que finalmente no podía venir? ¿Cómo debía reaccionar yo a una excusa por su parte?
¿Tenía motivos reales para enfadarme con una persona a la que sólo había visto una vez? Abrí el mensaje y efectivamente... era suyo. Me decía que lo sentía mucho, pero... ¡que se retrasaría media hora! «Del mal, el menos»-pensé, mientras el corazón me volvía al sitio-.
Las 10.32. Allí estaba, con la capota de su Renault Megane bajada y esperándome.
«No solo viene a buscarme, sino que, además, me espera» -dije, mientras dejaba escapar una pequeña risa malévola recordando el comentario de su amiga-.
Bajé las escaleras de tres en tres hasta frenarme en seco delante del espejo de la entrada. Tras unos segundos tratando de convencerme de lo genial, fantástico, incomparable y estupendo que era, decidí salir al invierno madrileño.
Allí estaba ella. Apoyada fuera del coche; con los brazos cruzados, inamovible, mirando fijamente como me acercaba hasta detenerme a escasos 20 centímetros.
Y ahí; llegados a ese momento, surge la eterna duda: Si le preguntáis, ella os dirá que fui yo el que se lanzó a sus labios -algo que ya os digo...es rotundamente falsopero no importa quién o cómo, porque desde ese día no he tenido que volver a aterrizar nunca más.
Manuel Adrán López Candamio. Telefonista. 29 años. A Coruña.