Resultaba extraño que el banco se conservase así: los barrotes perfectamente alineados, los herrajes, de un negro brillante y con el sol, que pintaba el cielo de rosa, acurrucado en su regazo.
Ana llegaba despacio, bamboleándose. Se sentaba y cerraba los ojos. ¿Para qué subir la cuesta si luego no miraba alrededor? Sus amigos se reían y ella sonreía. Lo que ella veía no estaba en aquel edificio con ventanas y puertas clausuradas, para evitar intrusos, ni en las vías que hacía muchos años no soportaban ningún tren.
Volvían fracasadas de un examen de oposición. Isabel lloraba y gritaba furiosa, pero Ana reía. Era demasiado joven para los llantos y los enfados.
El tren las llevaba al borde del mar y eso a ella le bastaba. Su padre le había dado un año para que decidiese su futuro, un año, ¡pero si tenía solo dieciocho!
En la tarde lluviosa todo parecía mágico cuando el tren aminoró la marcha para entrar en la estación. Una voz gritó que se detendrían tres minutos. Ana no lo pensó. Tenía necesidad de ir al servicio y el del tren olía muy mal. Bajó de un salto. La recibió el suelo del andén. Isabel no se enteró cuando el tren continuó viaje sin ella.
Primero fue el Jefe de estación quien se arrodilló a su lado, luego, unos sanitarios la subieron a una camilla despotricando porque en la estación no había un solo banco donde acomodarla. Más tarde, ya en el hospital, un médico muy joven, se desesperó ante aquella rotura complicada.
Ana no podía moverse y hubo que buscarle acomodo en la única pensión del pueblo, porque su padre, de viaje en viaje, no era capaz de atenderla.
La ventanita de su cuarto daba sobre el camino que bordeaba la playa desierta. Ana calculaba la hora por la posición del sol y cuando éste decidía zambullirse en el mar era el mejor momento. Entonces, un pequeño coche verde irrumpía en el camino y bajo su ventana hacía sonar el claxon. Ana sonreía. El joven médico sonreía al volante y la lluvia hacía una pausa para que las dos sonrisas pudieran encontrarse.
Ana sigue con los ojos cerrados. Es verano y el sol, antes de ocultarse calienta sus huesos doloridos. Ha tenido carta de su hijo, también médico, y sin palabras le va contando a su marido que el chico es mucho más ambicioso que él y se quedará lejos, en un gran hospital.
Ana sonríe, acurrucada en el banco que alguien cuida para que ella pueda sentarse a revivir sus recuerdos.
Rosario Barros Peña. Jubilada. 86 años. A Coruña.