La chica de la cascada


Hace cincuenta años conocí a Andrea, mi mujer y compañera, y digo compañera porque en una pareja tiene que haber una complicidad total y mutua para intentar resolver los problemas de la vida real. Los días de vino rosas se acaban muy pronto y si no hay una sintonía total, el desastre está asegurado. Yo, a las nuevas parejas, sean del tipo que sean, les aconsejaría hacer un contrato para, en caso de separación, evitar temas desagradables. Es más, yo diría que debiera ser obligatorio.

Conocí a Andrea de una forma bastante singular. Un día de mucho calor del mes de julio y muy duro en el trabajo, al final de la jornada decidí dar un paseo hasta el alto de Penamoura. En este alto hay un mirador que está en una zona muy estratégica desde la que se ve toda la comarca y la inmensidad del océano Atlántico. El sol estaba a punto de hundirse en el océano. Por muchas veces que lo hayas visto no deja de sorprenderte la desbordante naturaleza.

En este mismo lugar, hace cuatro mil años, los habitantes de la zona venían a adorar al dios Sol. La gran roca negra sobre la que estoy sentado era el ara de los sacrificios. Ahora sabemos que no siempre eran animales lo que se sacrificaba. En la Sima de la Loba, una brecha que hay a unos metros de aquí y de unos veinticinco metros de profundidad, en unas recientes excavaciones, encontraron restos humanos, animales y utensilios de la época en la que se hacían los sacrificios en honor al dios Sol.

Antes de que el sol desapareciera en el océano empecé a bajar, no quería sentir esa sensación de vacío de cuando algo que te gusta desaparece. Cogí el sendero que pasa junto a la cascada del Moucho con la intención de darme un baño. Al llegar vi que había alguien bañándose en el remanso, y al momento salió una chica del agua. No voy a intentar describirla porque seguramente no encuentre las palabras adecuadas, lo único que sé es que me gustaba mucho. Comentamos lo bien que estaba el agua, se vistió y nos despedimos.

Esa noche no dormí mucho pensando en la chica de la cascada. A los pocos días coincidimos en una verbena de la zona, me di a conocer y ella también se acordaba de mí. Estuvimos bailando. Ahora de vez en cuando aún echamos algún baile.

La vida, a pesar de todo, es maravillosa. Yo sigo enamorado y lo estaré hasta que llegue el frío invierno de nuestras vidas a cubrirnos con su helado manto.

Antonio Seijo Calviño. Jubilado. 70 años. Bergondo.

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