Soy una escoba


Se me ocurrió preguntar a mis alumnos: ¿Qué animal u objeto os gustaría ser? Me miraron despistados y coincidió con el momento en que sonó la campana para salir al recreo. En cinco segundos la clase estaba vacía.

Me quedé pensando y luego hablé en voz alta, sintiéndome en el lugar de los chiquillos.

«Soy una escoba. La escoba más bailarina y guay que pueda existir. Si os cuento mis aventuras os volveréis locos y nunca pensaréis en separaros de mi lado. Tengo una buena ama, que es tan fantasiosa como yo y me lleva en sus paseos.

Ayer me llevó a la casa de una señora mayor que tiene tres perros enormes a los que les gusta mucho jugar. En cuanto me vieron, intentaron tirarme al suelo y arrastrarme, como si fuese su juguete. Yo reaccioné y miré para mi amita. Ella se dio cuenta de mi miedo, me cogió en sus manos y empezó a darles escobazos. ¡Si los vierais! Se asustaron mucho y se alejaron con el rabo entre las patas.

Os diré que su espanto no fue solo por los escobazos, sino también por los gritos de mi amita, que cuando se enfada hasta yo me asusto.

Otros días me lleva a su Colegio, a ese en el que tiene unos alumnos así como vosotros. Y allí me deja a mi aire y cuando los niños salen al recreo, yo salgo con ellos. Eso sí que es el no va más. Me ponen una cabeza de cartón, con una melena de lana color negro y ¡hala! ¡A trotar! Todo un espectáculo. Los chicos me tratan como a un auténtico caballo, se montan sobre mí, se divierten y al mismo tiempo adquieren seguridad y equilibrio. Y hacemos carreras. Y al ganador le ponen una corona hecha de mirtos o de otras ramas.

Ya veis. Mi vida es buena y me siento feliz, también en el tiempo de inactividad, colgada en la pared, para que mi falda no se estropee. Está hecha de crines, duras y espesas cuando hace falta y suaves cuando acaricio el suelo para dejarlo súper limpio, que es lo que más me gusta pues para eso estoy hecha.

Soy feliz, un objeto muy útil y tengo un sueño: que un día aparezca una bruja, se monte sobre mí y me haga volar en un viaje interminable».

¡Jesús! Cuando terminé mi ensoñación, los alumnos estaban sentados en sus pupitres y me miraban asustados. Sonreí y les pedí que dijesen en voz alta la tabla del siete.

Antía Montenegro Criado. Pensionista. 84 años. A Coruña.

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