Caníbales


De insípida y desabrida conversación, el cliente de la mesa de la izquierda rara vez mira a los ojos. Su cara en arrebol, incluso cuando solo tiene que preguntar la hora. Cortado descafeinado, por favor. A su derecha y siempre con prisas, al señor de la corbata nunca se le ha visto acompañado. Huraño y misántropo en sus gracias, parece como clausurado. Pide siempre un café solo. Expreso, claro. El grupo de al lado mezcla bien: muchachos y muchachas de falda y pantalón, de edades variables y diferentes tonos de móvil. Distintos todos, distintas todas, inconscientemente uniformados. ¡Marchando sus cafés con leche! Al unísono. A veces elevan su tono, efervescentes, ante cualquier estímulo imperceptible a los de mayor edad. La espuma del café, digo yo, que muchas veces desborda la taza.

Los cafés definen a la gente. Y la carne también. El hablador, a la brasa; el tímido, el secreto; al solitario, solomillo… También el pescado. Desde pánfilos hasta implacables, besugos y tiburones, lenguados y (des)lenguados.

Todos somos lo que comemos. Todos somos porque comemos.

Lo que no sé es qué somos cuando tenemos hambre.

Y es que, tras el cristal de la cafetería, de golpe, la irrealidad de todas esas colas de gente, tan largas como el confinamiento, esperando hambrientas por su bolsa de comida. ¡Triste y escuálida serpiente de seres humanos! Un poco de carne, un poco de pescado, tal vez algo de café. Y me digo que, si somos lo que comemos y ellos no tienen qué comer, es que ellos no son. Los miramos y no los vemos. Hablamos de ellos y callamos. Es la indiferencia de nuestros estómagos llenos: mascarillas por antifaces para no ver; barbijos por cubrebocas (o, peor, tapabocas) para no decir. ¡Pobres caníbales de nosotros mismos!

¡Un café manchado, por favor!, oigo que piden de nuevo. Y vuelvo a refugiarme en el interior de la cafetería, a fijarme en este o en aquél, o en el de más allá, en sus descafeinados, largos de café o expresos varios, desayuno o sobremesa, sabiendo como sé que la línea que nos separa de la serpiente del hambre no es sino un frágil escaparate de cristal.

Javier Maseda Rodríguez. Profesor. 52 años. Santiago de Compostela.

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