El 600

Rosario Barros Peña

RELATOS DE VERÁN

El hombre fruncía el ceño y miraba a mis padres. Luego miraba las bolsas que teníamos en la acera. Mi hermano hacía sonar el claxon del 600.

­-Bueno, ¡ya está! -gritó el hombre-. Todos adentro.

El «todos» incluía las bolsas. Unas fueron al maletero y las otras entraron con nosotros para acomodarlas en el regazo o entre las piernas. Y arrancamos. Mi padre delante y detrás mi madre, mi hermano y yo en el medio. Bueno, así nos colocamos, pero el hombre protestó: «La chica, con tanto pelo y ese lazo no me deja ver la carretera». Cambiamos y se puso mi madre en el centro, que también tenía mucho pelo, pero lo llevaba en moño y sin lazo.

La mañana de verano estaba preciosa y el 600 avanzaba rápido rumbo a Ortigueira. Nadie hablaba. Yo me fijaba en el paisaje, verde y azul. Mar y prados. Bosques y algunas casas bordeando la carretera o escondidas más allá de los árboles. Tenía que hacer un reportaje para la revista del colegio y todo me parecía importante.

Antes de llegar a Betanzos, mi hermano empezó a palidecer. El hombre frenó en seco y le mandó salir del coche. Justo a tiempo porque mi hermano salió disparado y vomitó el desayuno en una huerta de coles. Mi madre le gritaba a mi padre: «A quién se le ocurre. Contratar un 600 para ir a ver a la familia. Cinco personas en un 600». «Somos cuatro», se defendía mi padre cabizbajo. «Y grandes ­-recalcó el hombre- y con bolsas, además». El sol calentaba y mi hermano no había recuperado el color.

-Bueno, ¡ya está! -gritó el hombre-. Todos adentro. Pero el chaval irá delante. Se mareará menos.

Mi padre no cabía detrás. Tuvimos que ayudarle a doblar las piernas y sacar las bolsas para que le cupiesen los pies. Mi madre y yo nos incrustamos a su lado. Resultaba difícil respirar. Mi madre lloró por las bolsas que se quedaron junto a las coles.

Yo no podía contener la risa, pensando que mi padre no podría salir del coche al llegar a Ortigueira. Llegamos. Mi padre salió y estuvo un rato intentando recuperar su tamaño natural. Abrazamos a todos. Dejamos las pocas bolsas que habían llegado, comimos y nos sentimos a gusto con la familia.

Luego, la vuelta. También había bolsas: un pollo muerto y desplumado, huevos de los de verdad, patatas, un repollo…

El hombre dijo que las bolsas se quedaban. Mi madre lloró, no sé si por las bolsas o por los besos de mi abuela. Mi padre permanecía callado. No comprendía por qué mi madre no le agradecía su maravillosa idea de ir a ver a la familia en coche y con chófer.

Y mi hermano, bueno, de él ya no digo nada. Desde aquel viaje odió las curvas de todas las carreteras del mundo. Yo tuve un éxito con mi reportaje para la revista del cole y me hice escritora.

Rosario Barros Peña, pensionista, 84 años, A Coruña.