Despertó para experimentar una terrible sensación de confusión que pronto se transformó en pánico. ¿Quién era? ¿Dónde se encontraba? No podía recordar nada. Hasta su voz quebrada, pidiendo ayuda se le antojó extraña… ajena. Nadie acudió. Intentó serenarse y observar el entorno. Estaba sobre la cama de un cuarto pequeño sin apenas muebles, a excepción de una mesilla, un armario empotrado, un espejo y un sencillo plafón en el techo.
Se levantó y la visión de su rostro en el espejo le hizo retroceder impresionado. No podía reconocer aquellas facciones desencajadas, de ojos extraviados, profundas ojeras y cabello revuelto.
La puerta de la habitación estaba cerrada, así que de nuevo empezó a gritar hasta quedarse sin voz.
Pero nadie acudió.
Estaba exhausto, así que se dejó caer sobre la cama. Se había quedado adormecido, y entonces escuchó el sonido de una llave en la cerradura.
Entraron dos hombres: uno de ellos con una bata blanca, y el otro, de traje y corbata. Ambos hombres hablaban entre ellos, sin reparar en su presencia.
Se dirigió a ellos implorante, en el colmo de la desesperación.
-¡Ayúdenme por favor! ¿Es que no me oyen?
-Bueno, ya podemos disponer de esta habitación para un nuevo ingreso- dijo el del traje.
-¡Lástima, tan solo tenía cuarenta años!
Pues sí, el pobre Ramiro por fin ha dejado de sufrir, su cuerpo ya no aguantaba más, respondió el de la bata.
Y Ramiro suplicó ayuda de nuevo, pero esta vez sin palabras y lloró por dentro, con un llanto sin lágrimas.
Lita Rivas Folgar, funcionaria, 62 años, Teo.