La niña que perdió el miedo


Esta es la historia de Laura, la niña que perdió el miedo. Una noche como tantas otras, al acostarse, su madre le leyó un cuento, le dio un beso mágico de buenas noches y dejó encendida una pequeña luz al lado del armario para ahuyentar a los monstruos que acechaban en las esquinas de su cuarto. Pero esa noche, Laura esperó a que su madre cerrara la puerta y tras observar fijamente aquel punto brillante con forma de media luna, se levantó y decidió apagarlo. Volvió a tientas a su cama y se acostó soñando con princesas que rescataban a guapos príncipes encerrados en una torre. A la mañana siguiente, Laura se despertó confundida, pues en su pecho faltaba algo, una presión característica que la acompañaba durante cada despertar. Entonces la niña descubrió que no tenía miedo, que lo había perdido. Lo buscó en el armario, en los cajones, en la mesilla y debajo de la cama. Se vistió, bajó a desayunar y buscó el miedo en el zumo de naranja, en las galletas de dinosaurios, en las tostadas de jamón con tomate y en el cuenco de cereales. Pensó que a lo mejor se había olvidado el miedo en el pupitre de clase, igual que el estuche azul donde guardaba los rotuladores. Al llegar al colegio, buscó el miedo en las estanterías, en las mochilas, y en el cesto de los juguetes. Al no encontrarlo, decidió preguntarle a su profesora dónde estaba el miedo. Y es entonces cuando el cuerpo de una profesora de infantil se tensa y sonríe falsamente mientras recuerda aquel camino de vuelta a casa durante una noche de fiesta cualquiera, y responde: «En cualquier parte Laura, tan solo depende de la persona. Cada una puede encontrar el miedo donde menos desea hacerlo». De camino a casa la niña se propone encontrar el miedo, y así, poco a poco, descubre que el miedo de su madre se esconde en las cartas del banco, que avisan de que un solo sueldo no es suficiente. Le sorprendió descubrir que su hermano Eric encontraba el miedo en una gafas rotas; y su abuelo, en cambio, en unas manos temblorosas, o en un «cajón de las pastillas» que no paraba de aumentar. Después de todo esto, Laura encontró su miedo, que se escondía en una ropa que le había dejado de servir, en unas muñecas con las que ya no quería jugar, en unos cuentos que ya no tenía interés en escuchar… Y es entonces cuando una niña echa de menos la luz que su madre dejaba encendida por las noches, porque siempre será más fácil tener miedo a los monstruos que hay debajo de la cama que tener miedo a crecer.

Marta García Pedreira, estudiante, 14 años, A Coruña.

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