Andrea

Jesús Manuel Arnoso Barro

RELATOS DE VERÁN

Jesús Manuel Arnoso Barro. 56 años. A Coruña. Soldador

02 ago 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Estoy roto por el dolor, el desprecio, la ingratitud y no ser capaz de comprender qué ha pasado, cuál ha sido mi culpa. Todo ha cambiado de un día para otro. Ayer todo era alegría y felicidad, hoy todo es desdén.

Nos conocimos una tarde en el parque. Una de esas tardes que idealizan los poetas en ripios llenos de rayos de sol, nubes y flores. Conectamos enseguida. Andrea era ya una niña que prometía ser mujer. Llevaba un pantalón vaquero, una camiseta y una sonrisa por toda indumentaria. Estaba con su madre sobre una manta en la hierba. Su madre leía y ella jugaba. Cuando la vi no dudé en acercarme para jugar. Durante un segundo me miró sorprendida y al siguiente me mostró aquella sonrisa que apartaba las nubes. Jugamos hasta que la cercanía de la noche nos separó. A aquel día lo siguieron días, meses y años jugando siempre juntos en el parque. Con una mirada sabíamos qué pensaba el otro. Juntos jugamos, corrimos y nos tiramos en la hierba rodando mientras reíamos rendidos. Éramos inseparables.

Para mí, Andrea era juegos, risa, cariño. Lo era todo. Pero se acabó. La alegría dejó paso a la tristeza y al dolor de la ingratitud. Hoy, como siempre, esperaba verla en el parque. Y la vi. Pasó a mi lado sin hacerme caso, acompañada de un chico que acaparaba toda su atención. Cuando, pensando que no me había visto, hice ademán de acercarme, Andrea se limitó a saludar con la mano y volverse hacia al chico con gesto de tímida adoración. Yo me quedé clavado en el suelo sin saber qué hacer. De repente ya no era nadie. Andrea ya no recuerda los juegos compartidos y las alegrías.

Ya no recuerda las tardes juntos. Ni cuando la defendí de aquel animal que quiso robarle la bicicleta y me interpuse entre aquel matón y ella sin importarme la diferencia de tamaño; Andrea era mi amiga y nadie la podía atacar impunemente. Me gané un par de golpes, pero me salí con la mía. Las caricias de Andrea aliviaron el dolor. Pero la eterna gratitud que me prometió entonces se esfumó. Ahora solo tiene ojos para ese muchacho que va con ella y me mira con desdén. Andrea ya no quiere saber nada de mí. ¿Dónde quedan la amistad, el cariño y la gratitud? Pero claro, aquel muchacho es simpático y guapo y yo... yo solo soy un pobre yorkshire.