Vida de un Don Nadie

Joaquín Torres Caldas

RELATOS DE VERÁN

Joaquín Torres Caldas. 37 años. Funcionario en la Administración de Justicia

31 jul 2017 . Actualizado a las 21:36 h.

Nací en 1918. Mi padre se dedicaba a faenar con una pequeña embarcación, de nombre Brétema, mientras mi madre nos sacaba adelante a mis cinco hermanos y a mí. Cuando estalló la guerra, acababa de cumplir la mayoría de edad. Me enviaron al frente. El quince de febrero de 1937, a mediodía, una bala me alcanzó en el pecho. Fallecí tan solo unos minutos después, entre el fuego cruzado, a orillas del Jarama. Esa misma noche, volví a levantarme.

Al abrir los ojos, una vez recuperado de la impresión, descubrí dos marcas en mi cuello, a la altura de la yugular. No eran heridas de guerra. Algo (o alguien) me había mordido, convirtiéndome en vampiro. Nunca he conseguido averiguar por qué, de entre todos los caídos aquellos días, me tocó a mí, un don nadie, transformarme en tal criatura, si fue premeditado o fruto del azar. 

Los primeros años resultaron difíciles. El mundo andaba revuelto. Y yo tuve que aprender a ocultarme del sol y a calmar la sed. Dormía de día, por las noches intentaba acostumbrarme a mi nueva condición. Cazaba pequeños animales. Alguna vez también personas, es cierto, pero nunca nadie que no lo hubiese merecido.

Hacia la década de los ochenta las cosas empezaron a ir mejor. Estaba plenamente adaptado a la vida nocturna. Llegué a enamorarme de una artista que había venido a la capital para tocar en un grupo de rock. Consiguieron cierto éxito. Incluso llegaron a sonar en la radio. Éramos felices, hasta que empezó a preguntarme por qué el tiempo no hacía mella en mi cuerpo igual que en el suyo. Me abandonó, asustada. Jamás logré recuperarme.

Tengo casi cien años y el aspecto de un muchacho. He visto envejecer y morir a demasiados amigos. Estoy cansado y me encuentro solo. Por ese he decidido volver al norte, la tierra donde crecí, y sentarme de madrugada en este banco de Loiba, a los pies del Atlántico. El mar me gusta. El olor a salitre y el vaivén de las olas me traen recuerdos agradables. Hace mucho tiempo que no contemplo un amanecer y el de este lugar tiene fama de ser el mejor del mundo.