La barca de piedra

Vicente Castro

RELATOS DE VERÁN

Vicente Castro. 72 años. Vigo. Jubilado.

17 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Viajó a Santiago la tarde del día anterior al de la festividad del apóstol. Quería disfrutar de la noche de vísperas y, si se daba la ocasión, preguntarle al santo cómo pudo navegar su barca de piedra.

En la plaza del Obradoiro contempló fuegos artificiales. Por la calle del Franco, entró en típicos bares donde cenó a base de tapas calientes. También en el casco viejo, en la plaza del Toural, se entretuvo viendo marionetas. Por último, en la Alameda, bailó ritmos de aquel verano hasta que las orquestas pararon de tocar.

De camino al hospedaje, balcones engalanados con banderas de azul y blanco y campanas repicando muiñeira al compás le hicieron recordar que, junto con la fiesta del patrón, en Galicia se celebra el Día de la Patria y, a pesar de la hora, entonó Fogar de Breogán.

Casi sin descansar, entró en la catedral, pero el humo del botafumeiro le ahogaba, y tuvo que salir sin hablar con el apóstol. Mientras se reponía tomando el aire en la escalinata, decidió ir a Santiaguiño do Monte. En Padrón, otros romeros contaban que capas de concha y arena bajo la piel de la tierra prueban que allí llegó el mar.

Por un sendero empinado al otro lado del Sar, subió a la ermita. Después de escuchar misa sin humo que le ahogara, invitado por amigos, almorzó a la sombra de los pinos en una romería amenizada por gaiteros que sacaban al instrumento su mejor sonido.

Volviendo a Rianxo con el sol en horizonte, rompían su resplandor en el río Ulla una motora y varios arroaces que iban nadando a proa. De las torres del Oeste le llegaron ecos de un canto de sirena que había escuchado otro atardecer.

Desde entonces, cree que fueron arroaces encantados por sirenas los que llevaron la barca a Padrón, el último lugar río arriba a donde subía la marea. Y, cada veinticinco de julio, le pide al apóstol sendas menciones en su leyenda.