Alfonso Argüeso. 38 años. A Coruña. Ingeniero eléctrico
04 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Cloc... cloc... cloc... ¡Chof!
Cloc... cloc... cloc... ¡Chof!
Con esta cadencia rítmica, emitida por el ruido de las goteras al caer sobre el aljibe del castillo de San Antón, el viejo Zacarías aplicaba su particular método para extraer del pozo las monedas que los ilusos turistas solían arrojar con el anhelo de ver cumplidos sus deseos. El proceso consistía en lanzar un rudimentario aparato artesanal, similar a una potera, arrojándolo al agua al compás del ruido emitido por las goteras, cada tres gotas, «chof», dejaba caer su aparejo al agua, y de ese modo no llamaba la atención del vigilante del castillo.
Zacarías era un solitario jubilado que acudía desde hace años a visitar el castillo. Hacía unos años que se había quedado viudo, y por su cabeza flotaban pensamientos diferentes a los que creemos entender como normales. Su vida no había sido fácil, solía contar cómo tuvo que venirse a trabajar al puerto con solo once años dejando a su familia en el pueblo, ya que el sustento no alcanzaba para todos y, poco a poco, con mucho trabajo y esfuerzo, había conseguido salir adelante.
Hoy, de nuevo, había acudido al castillo para poner en práctica su característico método de pesca. Pero el avezado vigilante del castillo se percató de la situación y avisó a la policía, que pilló a Zacarías in fraganti, con las manos en la masa. Los agentes que acudieron a detenerlo, ante lo inverosímil de la situación, le preguntaron:
-Pero hombre, a su edad ¿cómo se le ocurre llevarse las monedas de forma tan descarada?-. Ante lo que Zacarías respondió:
-Yo no robo las monedas, vengo a por los sueños de las personas.