Mi alienado jefe

Lita Rivas FUNCIONARIA | TEO

RELATOS DE VERÁN

Actualmente está muy de moda rebautizar algunas actividades de sobra conocidas y que, de la noche para la mañana, reciben otro nombre. Así han surgido expresiones como por ejemplo trekking o mobbing; en este último caso, para denominar el acoso laboral de toda la vida.

Y esa persecución, ese mobbing ha sido mi cruz desde que empecé a trabajar como empleado de una consultora multinacional, que, pensé, sería el trabajo perfecto para poner en práctica lo aprendido durante mis estudios superiores de Administración y Dirección de Empresas y mi único máster, que les costó a mis padres un ojo de la cara (teniendo en cuenta que ya no pertenecen a la casi extinta clase media).

Sin embargo, no pude poner en práctica toda esa preparación y tampoco me libré de bajar a la cafetería cada mañana para subirle café, zumo natural y tostadas a un jefe prepotente y avasallador.

En cuanto a mi cometido como todoterreno: este consistía básicamente en realizar cantidades ingentes de fotocopias, archivar incontables expedientes, trasladar paquetes de todas las clases y tamaños, llevar a cabo todas las tareas tediosas que los demás no querían asumir y estar dispuesto a deglutir un sándwich en un tiempo récord, para seguir con mi interminable jornada de trabajo, en la que, por un sueldo de miseria y la amenaza constante del despido, trabajaba un mínimo de once horas al día. Cuando finalizaba y me marchaba a casa derrengado, mi móvil se encargaba de recordarme el trabajo pendiente. Y todo esto, soportando gritos, en el mejor de los casos, y humillaciones los días más aciagos. Y como suele pasar, mis compañeros de oficina, pelotilleros incansables, secundaban al jefe, o bien se volvían ciegos y sordos ante el hostigamiento psicológico.

Y un día ocurrió. Sin saber por qué, le di un puñetazo al intocable y sagrado jefe. Fue un acto reflejo. En ese momento no había un motivo concreto, aunque la expresión de su rostro presagiaba tormenta, y yo, como era habitual, me sentía desbordado y en tensión. En fin, supongo que algo hizo clic en mi cerebro y perdí los nervios, después de las infinitas jornadas de trabajo maratonianas, los gritos desaforados, los insultos y aquel sueldo irrisorio, que apenas me llegaba para acabar el mes. Cayó de espaldas sobre su mesa y vi el corte en su mejilla. Por lo visto mi anillo y yo trabajamos en equipo. Empezó a sangrar, pero no decía ni una sola palabra. Yo también me quedé sin habla mirándole: su sangre era verde.