Relato de verán de Tomás Ferreira. Profesor jubilado. 61 años. Vilagarcía de Arousa
14 ago 2015 . Actualizado a las 08:36 h.Me levanté sobresaltado aquella calurosa mañana de verano en un hotel de Sídney al ver a mi lado en la ancha cama el formidable hueco dejado por alguien que había dormido allí. Una nota sobre la mesita de noche decía: «I love you. Your australian kangaroo». Mi pobre nivel de inglés me alcanzaba para entender aquello. ¡Era evidente que había dormido con un canguro australiano! En ese momento llamaron a la puerta de la habitación y, cuando la abrí, una joven y sonriente camarera que a mí me pareció envuelta en una nebulosa me dijo en un débil aunque comprensible castellano: «Su prima le ruega que se reúna con ella en el centro comercial».
Tomé un taxi que parecía estar esperándome delante del hotel y que arrancó sin mediar palabra. Habíamos recorrido apenas dos o tres kilómetros cuando el taxista aminoró la marcha y luego detuvo el coche al lado de una figura robusta de color amarronado que, erguida sobre dos poderosas patas traseras, nos hacía señas para que nos detuviéramos.
-¡El canguro!-grité.
El terrorífico marsupial, una vez que se desembarazó de la inexpresiva cabeza de su disfraz, puso la suya, rubicunda y oronda, en la ventanilla abierta de la puerta trasera, y exclamó en un dudoso gallego:
-Cogíchela boa pola noite! Que sorte tiven de ir o baile de disfraces de anoite e atoparme con outro galego coma min, aínda que leve moitos anos neste país. Perdoa que lle dixera a todos que es o meu curmán. Son campioa de halterofilia dos pesos pesados e os paparazzi andan sempre dispostos a publicar novas frescas de xente popular. Erguinme cedo porque non sei onde deixei a roupa onte e tiña que ir a mercar outra nova ao centro comercial.
Luego abrió la puerta de atrás y dijo:
-Imos ao hotel. Faime sitio.
Veinte años después todavía tengo pesadillas con la gallego-australiana disfrazada de canguro.