Yo estoy con el cura de Cuntis

El carácter de Juan Carlos Martínez responde a una persona proactiva que interpreta su papel pastoral como una implicación en la sociedad y de muy diferentes maneras

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A Juan Carlos Martínez, sacerdote y párroco de Cuntis le han «recomendado» un retiro espiritual. O sea unas vacaciones forzosas como cuando a un árbitro de la Liga lo mandan a la «nevera». En el caso de un colegiado suele ser por la polémica, sobre todo si viene alimentada por la prensa madrileña y/o catalana desencadenada por sus decisiones en un determinado partido. Al clérigo lo quieren mandar a la caseta por el revuelo que originó su participación disfrazado de Hugh Hefner, el magnate de Playboy junto a unos amigos ataviados como las famosas conejitas de la revista, durante los pasados Carnavales.

El lío se originó por algunas fotos del número que Juan Carlos y sus amigos realizaban en pleno desfile sobre el remolque en el que se simulaba una cama en la que viajaban los personajes parodiados. Alguna de esas imágenes que han circulado por redes sociales fueron las que encendieron la alarma en la vicaría de Pontevedra e incluso en la Archidiócesis de Santiago. Curiosamente frente al espanto del vicario y de ciertos sectores de la opinión publicada de Galicia con la actuación del eclesiástico, resalta la reacción de tranquilidad y normalidad con la que una mayoría de cuntienses han comprendido que lo hecho por el cura Juan Carlos fue solo «unha máis deste cura que é moi así, revoltoso e alegre» como le definió de modo simplemente aplastante uno de sus muchos feligreses que no entiende el follón que se ha montado.

Vaya por delante que yo tampoco.

Para entender a la persona en cuestión y la solidaridad de sus vecinos frente a la reacción escandalizada de la curia diocesana, hay que remontarse años atrás, cuando se designa a Juan Carlos Martínez como nuevo párroco de Cuntis. El 13 de octubre de 2013, La Voz de Galicia publica la noticia bajo el titular «Nuevo párroco en Cuntis: cura por devoción y músico por pasión». Nieves D. Amil nos contaba que el religioso que en ese momento llegaba a su nueva parroquia con 37 años, rompía el arquetipo del presbítero del rural como había demostrado durante en su anterior feligresía en Oza dos Ríos.

«París de Oza»

En aquel destino coruñés montó junto a un grupo de convecinos una orquesta que bautizaron «París de Oza» que nació como una parodia de la París de Noia, precisamente en unos carnavales, y que luego dio lugar a una orquesta en la que Juan Carlos satisfacía su afición de músico. Y de paso animaban las fiestas y complacían a vecinos de aldeas y lugares que no tenían presupuesto para pagar el caché de la auténtica París de Noia. Y por cierto: ¿se imaginan quien fue a tocar a Oza cuando se montó una fiesta de despedida al cura por su traslado a Cuntis? Pues sí, ciertamente la París de Noia con Blas al frente, por supuesto.

La iniciativa de montar esa orquesta junto a 17 vecinos entre los que no había ningún músico profesional de modo que presumían de actuar en «riguroso playback», ya indicaba el carácter animado y desenvuelto de este cura, muy diferente a la imagen austera y hasta recia de tantos otros párrocos del rural gallego. También presagiaba una condición de persona proactiva que interpreta su papel pastoral como una implicación en la sociedad en la que convive y de muy diferentes maneras. Ya sea a través de la música, de participar y disfrazarse en carnaval; de acudir a la prisión de Teixeiro como capellán auxiliar para escuchar a los presos ó de ayudar a montar un local para Cáritas del que carecía la villa termal que ahora pastorea.

Los caminos del Señor…

Recuerden la cita bíblica sobre los vericuetos para encontrar al Señor: «¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos!» .

En Oza dos Ríos, donde Juan Carlos llevaba siete parroquias, con su correspondiente catequesis y demás servicios religiosos inherentes, además de la actividad social que desarrolló, le apodaron «el cura verbenero», mote que él aceptó de buen grado como entendía que era «no bó sentido da palabra». Ya entonces se disfrazaba en carnaval y sus actuaciones tuvieron resonancia mediática, sin que conste ningún aviso de la superioridad eclesiástica.

Lo ocurrido hace unos días en el Entroido de Cuntis con la parodia que el sacerdote y unos amigos realizaron del dueño de la revista Playboy no puede tener otra interpretación que una simple forma de divertir a cuántos presenciaban aquel desfile de carnaval.

Para mí, la petición de disculpas públicas por parte de Juan Carlos a sus feligreses, reiterada desde el púlpito en diversas misas desde que fue advertido por la Vicaría, habla de la humildad del sacerdote frente a la reprimenda de su superior. Quien por cierto comprobó de primerísima mano que cuando acudió a Cuntis a reunirse con el sacerdote para tirarle de las orejas, se topó con una concentración de vecinos ante la rectoral que acudieron a expresar su solidaridad con el párroco.

La Iglesia Católica y especialmente sus «estructuras de poder» deberían mostrar la misma sorprendente agilidad en reaccionar contra comportamientos auténticamente reprobables achacados a otros sacerdotes -como por ejemplo, la pederastia- en lugar de perder energías en reprobar, como en este caso, a un cura diferente pero muy querido.

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