Una ruta de senderismo de Bueu desnuda la Galicia de las muiñadas y los testimonios de quienes las vivieron
03 dic 2017 . Actualizado a las 20:26 h.Dejó escrito Antonio Machado que «caminante, no hay camino, se hace camino al andar». Y las palabras del poeta son ciertas, incluso cuando se trata de una ruta de senderismo. Sucede así si a uno se le ocurre dejar atrás la carretera que va de Bueu a Cangas y sumergirse en la ruta de los molinos de O Canudo, a tiro de piedra del casco urbano buenense. No tendrá que sudar mucho. Sin embargo, si quiere, al andar, podrá hacer un largo camino en el tiempo. Podrá dejar desnuda de pies a cabeza la Galicia de las muiñadas y, también, del hambre y las penurias. Claro que entonces será mejor que no solo se fije en el paisaje y atienda también al paisanaje. Esa ruta lleva hasta el lugar de O Canudo. Y ahí vive un matrimonio, el último de la aldea; una especie de guardianes del anteayer gallego.
Pero no nos apuremos a conocerles. Vayamos primero a la ruta en sí. Es fácil arrancar. Sin bucear demasiado en mapas se puede iniciar al borde de la carretera PO-551, nada más dejar atrás el centro urbano de Bueu. Solo hace falta andar unos metros para encontrarse con la piedra. Cierto es que primero aparece un lavadero poco entrado en años. Pero luego comienza el festival de molinos. En pocos kilómetros uno se encuentra treinta construcciones de molienda. Sí. Treinta. En los primeros compases de la ruta prende el desasosiego. Los molinos se caen a cachos y la ventana colgada en el aire de uno es un buen exponente de cómo están las construcciones. Pero la naturaleza parece obcecada en hacer bonito este entorno de piedra agonizante. Las hojas de robles y carballos sirven de alfombra durante todo el recorrido, el verde no parece entender de sequía, el ruido del agua ameniza el camino y solo se interrumpe por el canto de algún pájaro... No importa siquiera que el sendero a veces se vuelva aventurero, y obligue a saltar zarzas o hacer piruetas sobre algún acueducto de piedra. Es un paseo de esos que refrescan los cinco sentidos. Además, la subida hacia la aldea de Meiro, el núcleo cercano más poblado, supone un regalo para los pies, ya que apenas cuesta. Además, se hace mucho más llevadero si al llegar a un castañal pintado de marrón uno aprovecha y prueba las castañas que todavía esconden los erizos.
Antes de llegar a Meiro, uno se sacude las penas. Porque aparecen varios molinos restaurados. Hay carteles que van informando de que algo tuvo que ver la Unión Europea en que no se acabasen muriendo las construcciones. Se llega a un punto donde el maridaje de los molinos rehabilitados con el verde natural convierten el paisaje en cuento. Y al fin, algo más arriba, Meiro. Allí, junto a un peto de ánimas, aparece una anciana enlutada. «¿Se me lembro de ir moer aos muíños? ¡E como non me vou lembrar, co traballiño que pasabamos todos neles!», espeta ella, que apura el paso en cuanto oye la bocina de la furgoneta del pescado.
La aldea diminuta
Desde Meiro, podría seguirse la ruta hacia adelante. Hay carteles que animan a hacerlo. Pero también se puede desandar lo andando. Y entonces hay recompensa. Porque subiendo hacia Meiro no es fácil ver la diminuta aldea de O Canudo colgada sobre el río, en medio de tanto molino junto. Pero bajando sí salta a la vista. De lejos se ven dos casas. Y conforme uno se acerca observa la puerta entreabierta de una, donde en una cocina de leña una pota de porcelana baila al hervir. Asoma la cabeza desde dentro un varón al que la artrosis no le deja caminar. El hombre se calienta en la lumbre mientras su mujer entra en escena. Son el último matrimonio de O Canudo, los guardianes de una ruta de senderismo tan bonita como solitaria en una mañana laborable de otoño.
Nacieron los dos en O Canudo, en dos casas a tiro de piedra. Desde siempre pensaron que eran el uno para el otro. Se casaron y se quedaron en su aldea. Ella trabajó en una conservera. Y él fue marinero. Casi se ofenden cuando se les pregunta si molían en las esas construcciones a pie de río: «¿Nós? Nós non che tiñamos que moer, nós iamos por auga e dábannos unha presa de fariña, e con iso facíamos unhas papiñas», cuenta ella. Dicen que entonces aquello era un ir y venir de vecinos. El paso del tiempo paró la molienda. Y el silencio se fue imponiendo, hasta quedarse ellos solos. Aseguran que están contentos en una aldea sin coches ni ruidos. Viéndolos, uno se atreve a cambiarle los versos a Manoel Antonio. Ellos, en lugar de con el barco y el mar, se fueron quedando solos con el río y los molinos. Además de con su amor.