En directo | Romería da Fraga Es como una gira inmensa, la merienda campestre en grado superlativo, un puro desenfreno, un día para hacer exactamente lo que a uno le dé la gana
25 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.?a Romería da Fraga no es para verla desde la barrera, es para vivirla y si no, mejor no ir. Porque desde fuera las hordas de jóvenes que se rebozan de barro por fuera y de vino por dentro parecen una frivolidad, cosa superflua. Uno, si está de espectador, tiende a mirar un poco por encima del hombro y a hacer un mohín casi como de desaprobación. Por eso lo mejor es zambullirse en la fiesta, como hacen cientos, miles de muchachos y muchachas de As Pontes o de cualquier otra parte. Llevan varios días asentados en la ribera del Eume. Desde hace unos quince años, la costumbre manda que las pandillas rebusquen muebles viejos en los trasteros, y encuentren quién sabe dónde tablas, plásticos, brezo. De todo para construir y equipar las ya célebres casetas de la Fraga, donde pasan los últimos días de las fiestas en plan comuna. En uno de los barrios , en el extrarradio de esta peculiar ciudad de vacaciones, toman el fresco Cecilia, Iván, Castelo e Ismael. Este último, con una pierna vendada por un esguince, consecuencia de una de tantas noches de fiesta, reposa en uno de esos sillones viejos y desharrapados que pueblan A Fraga. Explican que en las pandillas se contribuye con entre 15 y 30 euros por cabeza. A medida que uno se acerca al meollo, al lugar donde están el palco y la orquesta, y el toldo con los vendedores de globos, aumenta el follón. El color de moda este verano, el malva, parece también la tonalidad oficial de A Fraga, en las camisetas bañadas en vino. Algunos ya están tratando de quitarse la roña más gruesa con un chapuzón en el río Eume. Otros intentan atravesar el cauce por una pasarela de madera, hacia la otra ribera. Pero si quieren pasar, han de hacerlo bajo un intenso fuego cruzado de salpicaduras procedentes de los que están en el agua. Hay un espacio que es como un oasis, donde los adultos montan sus casetas y organizan sus fiestas, con más comida que los jóvenes -se ven pasar humeantes fuentes de cachelos, bonito, cabrito, empanadas, jamón asado, ensaladas, churrascos-, todo con menaje adecuado, hay hasta neveras y televisiones. En una de estas casetas, la de Os Troncos, cuentan Belarmino y Artemio que esto de la Fraga data de hace un siglo, cuando una benefactora donó el terreno al Ayuntamiento para disfrute de los vecinos. Lo de los jóvenes, lo de las casetas de desecho, las noches bañadas en calimocho y el barro es de hace tres lustros. No les parece mal a Artemio y a Belarmino, sólo dicen que después quien se ocupa de limpiar es el Concello, «que o pagamos todos». Pero hoy a nadie que baje de 30 años le importa lo que ocurra mañana. En pleno centro del mundo, alrededor del palco, la música deja de tocar y los jóvenes paran de bailar, pero no se van. Empieza entonces el desenfreno total. Comienzan los grupos a revolcarse en el lodo con auténtica fruición, y completan la faena con combates de vino, las botellas como ametralladoras; alguno intenta escalar ua estructura metálica para huir del jaleo, pero no se salva de unas buenas salpicaduras; un grupo de muchachas se sube también a algo (la muchedumbre no deja ver a qué) y canta El patio de mi casa , con improvisada coreografía; más revolcones en el lodo, sobre el suelo; más batallas de vino, un grupo de varones orina de espaldas a la multitud en formación casi militar; otro pasea una muñeca hinchable, unos cuantos transportan su bocoi de vino sobre un carrito, muchos acaban otra vez en el agua... Y sobre todo, risa, mucha risa, porque la romería da Fraga es por encima de todo muy, muy, muy divertida.