Hace 20 años que volvimos a nacer

Un 21 de marzo de 1994, un DC-9 de Aviaco que volaba desde Madrid se incendió en Peinador; mi mujer y yo íbamos a bordo, todo el pasaje salió indemne milagrosamente


Esta semana acabo de cumplir 20 años de una nueva vida. Lo mismo piensa mi esposa, Lourdes. Y sé que es compartido desde aquel 21 de marzo de 1994, por cuantos sobrevivimos al accidente del DC-9 en el aeropuerto de Peinador. Era el primer vuelo de la mañana. Lunes. Regresábamos de pasar el fin de semana en Madrid. Había coincidido con un congreso federal del PSOE. El avión venía lleno. 110 pasajeros y seis tripulantes.

Lo operaba Aviaco, que acostumbraba a bautizar sus aeronaves con nombres de conquistadores. Aquel DC-9 se llamaba Juan Ponce de León, el descubridor de la Florida. Despegamos de Barajas a las 7.20. Era un vuelo de 50 minutos de duración que transcurrió sin noticias hasta que comenzó la maniobra de aproximación a Vigo. Alrededor de las 8.15.

Sin sistema de ayuda

Lou y yo ibamos en la fila nueve. A través de la ventanilla observé una niebla densa cuando el avión descendía. Entonces, Peinador no contaba con el sistema de ayuda a la navegación que posteriormente se implantó (después de nuestro accidente). Le comenté: «Hay que ver los huevos que le echa esta gente (los pilotos) para meter un avión en medio de esta niebla».

A continuación percibí que los árboles se veían muy cercanos, una sensación visual que nunca había tenido en anteriores aterrizajes. En un escorzo miro hacia abajo por la ventanilla y veo ¡hierba! ¡No era la pista! Apenas me da tiempo de decírselo a Lou y de repente un impacto seco, impropio e inesperado. De nuevo a través de la ventanilla, alucino. Uno de los enormes neumáticos de las ruedas del tren de aterrizaje rodaba despedido en oblicuo, mientras el avión seguía en dirección a? ¿La pista?

Se encendieron las luces de emergencia, empezaron a caer sobre nuestras cabezas las mascarillas de oxígeno, se abren algunas portezuelas de las bandejas y salen despedidos bolsos, prendas de abrigo y otros equipajes de mano.

Recuerdo haber detectado una mueca de sorpresa y miedo en el rostro de una de las azafatas mientras se ajustaba nerviosamente el cinturón en uno de los asientos de tripulantes que en aquellas aeronaves estaban frente al pasaje. Antes nos acababan de pedir a todos los pasajeros que adoptáramos la posición de seguridad ante un previsible impacto. Aquello era muy gordo.

Y es verdad que en esas te pasa, como en un spot, tu vida por delante y en cuestión de décimas de segundo. Recuerdo haberle dicho una vez más a Lourdes cuanto la amo y predisponernos a lo que viniera.

Griterío general. Había llantos y seguramente oraciones. Pero un ruido se impuso a todos los demás. Chirríante y metálico. Interminable. Y de repente el avión se para. Hay una especie de suspiro de alivio colectivo. Pero dura un par de segundos. El mínimo tiempo que tardamos en apreciar y oler un humo negro que ya asomaba en cabina, procedente del incendio de un ala donde el golpe inicial y la posterior fricción del fuselaje contra la pista, había desatado un incendio en uno de los depósitos de queroseno.

Recuerdo que con un aplomo pasmoso en tal situación, las personas que estaban más próximas a los pasillos de evacuación, eran pasajeros, accionaron las manivelas de las puertas de emergencia y comenzamos a salir del avión, apresuradamente pero sin histerismos.

La panza, en la pista

Nosotros evacuamos por una de las centrales que estaba justo encima del ala indemne. Siempre recordaré que cuando me aprestaba a pegar un salto grande, me sorprendió la sensación de que apenas tuvimos que bajar como si fuera un escalón. ¡Claro! El piloto había aterrizado aquel avión sobre la panza del fuselaje. El tren había quedado en el impacto previo a la pista de rodadura. «Se equivocó primero y luego nos salvó», pensé.

Al salir del avión, Lou y yo nos besamos y abrazamos como nunca antes. Pero los tripulantes y los primeros efectivos de los equipos de emergencias que llegaban nos pedían a todos que nos alejásemos a la carrera.

A unos trescientos metros de distancia nos detuvimos. Miramos absortos y aliviados hacia el avión. Ya no quedaba nadie. Nos habíamos salvado todos. El DC-9 ya estaba envuelto en llamas y los bomberos proyectaban espuma sobre el fuselaje que se ennegrecía.

Entonces aún fumaba. Saque la cajetilla; me quedaban 2 pitillos. Una chica me pidió uno. Encendí el otro. Fue probablemente uno de los mejores cigarillos de mi vida. De mi nueva vida. Cuando llegamos a la terminal, ya había mucha gente. ¿Saben que nos cantaron? ¡Cumpleaños feliz!

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