El refrán gallego debería estar impreso en nuestro ADN; pero parece que hayamos renunciado a ese signo identitario, a la vista de la sucesión de destrozos que nos sacude
09 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.Este tren de borrascas que se suceden sin tregua desde Nochebuena, está sirviendo para ponernos ante la tozuda realidad que resume aquel dicho tantas veces olvidado: que nuestra tierra sea fachada atlántica, paga peaje. Ya lo sabemos. Pero una parte de la incesante cadena de secuelas que vienen ocasionando Dirk, Nadja, Petra, Qumaira, Ruth, Stephanie, y las que aún están por venir, tiene mucho que ver con la pésima ordenación del territorio. Especialmente en las zonas de litoral, pero también en municipios del interior. Tanto por la iniciativa privada como, sobre todo, por las administraciones públicas. Ya sea por acción u omisión.
No estamos ante una responsabilidad exclusiva de un Gobierno de la nación o de esta o aquella Xunta de Galicia. Es producto de un suma y sigue de despropósitos. De un desorden urbanístico y paisajístico. Abonado por todos los gabinetes que se han sucedido en Moncloa y en Raxoi. Pero también con la inestimable colaboración de consistorios y alcaldes de los concellos que tanto mal han hecho a sus propios territorios.
Muelles, pantalanes, paseos marítimos, sendas, carreteras, autovías, viaductos, desvíos de cauces, edificios oficiales, polígonos industriales, parques inventados, regeneraciones artificiosas de playas, urbanizaciones de chalets y edificios... En fin, el catálogo de barbaridades es tan amplio como seamos capaces de evocar.
Por eso no puede sorprendernos que el fortísimo oleaje haya puesto en evidencia que infraestructuras como la autovía Pontevedra-Marín fuese inadecuadamente construida, hace años, llevando su traza al límite, a la orilla del mar, lo que motiva reiteradas inundaciones pese a hallarse casi en el fondo de la ría.
Hay muchas más estampas: paseos marítimos destrozados, senderos de litoral destartalados y playas socavadas por el incesante oleaje que reclama su espacio natural hurtado por espigones que confrontan con las corrientes marinas. Del mismo modo ha ocurrido con pantalanes desguazados, amarres sueltos y en consecuencia embarcaciones a la deriva y en los peores casos, estampadas contra las rocas, como ha ocurrido en Marín y Bueu.
Hay una comparación muy gráfica: en la isla de Ons, que por su situación está más sometida al embate de los temporales, todo este ciclo de borrascas no ha menoscabado sus arenales ni dañado el muelle. No se hicieron burradas en los años anteriores a la protección medioambiental que ahora goza como parte del Parque Nacional Illas Atlánticas.
En cambio, en Sanxenxo, paradigma del caos, la arena de muchas de sus playas está desapareciendo porque el mar no perdona las agresiones cometidas. Carreteras, paseos y edificios capan el movimiento dunar que, salvo en A Lanzada, Foxos y Montalvo, apenas se respetó. Y qué decir de Silgar y Panadeira, afectadas por el puerto deportivo que ahora por empeño del Club Naútico prolonga su agresión con la instalación de los pantalanes protestados por vecinos y el propio Concello, con la alcaldesa al frente.
El río del garaje
Un lugar especial en el podio de las cafradas lo ocupa el caso del afluente del río do Con que fue canalizado mediante una acequia para construir encima un bloque de edificios en Vilagarcía, una promoción inmobiliaria de un ex presidente de la Cámara de Comercio local. El riesgo de inundación ahora es latente, como informan los compañeros de la delegación de La Voz en Arousa, mientras las comunidades de propietarios aguardan que Augas de Galicia ponga remedio a semejante barbaridad, que fue autorizada en su día.
Cauces cegados
Viales que se derrumban dejando espectaculares socavones como en Mondariz o que se rajan a la mitad como en Mos son algunos ejemplos de las consecuencias que traen hacer carreteras que ciegan cauces naturales. Litros y litros de lluvia reclaman ahora sus torrenteras habituales, que no fueron atendidas por quienes diseñaron y construyeron esas vías.
En Caldas, pese al efecto regulador del discutido embalse, hay errores pretéritos que se arrastran, como el asentamiento de edificaciones que sustrajeron espacio al curso del río Umia empezando por el propio edificio consistorial que hace de tapón y fomenta las enchentas, como tantas veces tiene citado Manu Blanco, nuestro delegado.
Debemos asumir que como gallegos participamos desde hace décadas de una traición reiterada al medio natural que nos rodea. Desde esa premisa, habremos de aceptar que la Naturaleza nos pase facturas periódicas por los excesos cometidos.
Supongo que, como a mí, les lloverán estos días una torrentera de chistes sobre el mal tiempo. Una práctica que canaliza la mala leche y surte efecto terapéutico. Particularmente me encantó uno gráfico. Se ve a una pareja de paisanos en el exterior de la casa mirando hacia el cielo. Él pregunta: «É un paxaro? É un avión?» «Non, é a uralita do jalpón», le responde ella.