Si Ronald Reagan levanta la cabeza

La Voz

PONTEVEDRA

Dicen que es malo para la salud vivir instalado en la queja. Galicia no siempre tiene que estar lamentándose por ser una esquina rezagada de Europa. En la crisis que este fin de semana colocó a España en el centro de la atención internacional, como solo lo han hecho el riesgo a que el Estado entre en bancarrota o la victoria de la Selección en Sudáfrica, Galicia fue una pionera.

Hace dos semanas, comenzó en Lavacolla a circular un ruxe ruxe: los controladores, estresados y agotados, caían como moscas. Los turnos quedaban incompletos y los aviones se retrasaban varias horas. Decenas de vuelos se retrasaron en Galicia el martes, el miércoles y el jueves. Faltos de perspicacia y egocéntricos, a los medios de comunicación nacionales les importó nada lo que estaba pasando con el espacio aéreo en Galicia. Pero los controladores gallegos no estaban reivindicando empanada de zamburiñas en el menú, sino que actuaron de avanzadilla. Los encargados de advertir al Gobierno la que se iba a montar si mantenía la redacción del decreto que recorta privilegios (o derechos, dicen ellos) al colectivo; un decreto punto y final de la pelea que mantienen con Aena y Fomento desde hace meses.

El ministro de Fomento acudió el viernes 3 a la reunión del Consejo de Ministros con la bicha dentro del cuerpo. Se avecinaba una crisis monumental al aprobar el decreto. Todavía han pasado pocos días para que se sepa cuáles fueron las razones por las que Pepe Blanco, su presidente y el resto del Consejo de Ministros desafiaron a los idus y aprobaron el decreto a la hora a la que cientos de miles de personas se dirigían a los aeropuertos para empezar unas vacaciones low cost o para regresar a sus casas.

El decreto detonante

¿Por qué ese viernes? Hay más de cincuenta viernes al año que no coinciden con el puente de la Constitución para aprobar decretos y leyes, por lo que cuesta mucho atribuirle el don de la oportunidad a Zapatero y al ministro de Palas. También se puede argumentar que, precisamente, al Gobierno no le tembló la mano ante las presiones de los controladores y, por una vez en muchos, muchos años de democracia, mete el bisturí al colectivo, dotándose con el decreto de nuevas armas con las que presionar a los controladores; por ejemplo, militarizando las torres de control.

Aunque se vio que fue un farol, como el de enviar a controladores militares, quienes lo pueden hacer tan bien como los civiles pero antes necesitan meses de rodaje para integrarse en el flujo de trabajo de la torre de control de Barajas o de la de Alvedro.

Probablemente, sin decreto este hubiese sido un accidentado puente en los aeropuertos, con retrasos y cancelaciones. Pero seguro que no se producía el hecho insólito de que se cerrase el espacio aéreo de un país, afectando a todo el sur de Europa y a los vuelos transoceánicos.

El plantón en masa de los controladores fue tamaña barbaridad que solo podía responderse a ella decretando otra barbaridad como el estado de alarma. Seguro que Fomento podía haber elegido otro viernes, por lo que el Gobierno fue colaborador necesario para que medio millón de personas (330.000 solo el viernes) hayan visto alteradas o incumplidas sus ilusiones o sus obligaciones.

Pero lo hecho, hecho está. Y lo importante ahora es que Zapatero y Blanco no se amilanen, porque van a tener a su favor la opinión generalizada y obligada de que los controladores no pueden seguir siendo los nomos que se nos aparecen en pesadillas la noche antes de subir a un avión.

Si se militarizan las torres de control, si se envía a las terminales al Ejército y si se decreta el estado de alarma para amenazar a los controladores con el Código Penal Militar, amparándose en una ley franquista, Zapatero, Rubalcaba y el reaparecido Blanco están obligados a conseguir que todo esto no vuelva a ocurrir jamás. Por ejemplo, desenfundando rápido como hizo Ronald Reagan: despidió a 12.000 controladores que le echaron un pulso en los ochenta.

¡Mira qué coincidencia! El Gobierno aprobó esta semana la privatización de Barajas y el Prat para hacer caja y evitar la bancarrota. Libres de las cargas y de los privilegios que todos los presidentes de la democracia fueron cediendo a los controladores para que no amargaran a los votantes en vacaciones, las privatizaciones de los dos mayores aeropuertos de España serían más rentables para el Estado; valdrían más a la hora de venderlos. Solo es una idea; radical sí, pero como la situación que protagonizaron los controladores al bloquear España y fastidiar la vida de cientos de miles de personas.

Posdata: Mariano sigue construyendo su mito. Fue sorprendido por el follón en Lanzarote. Estaba de puente en las islas.