Los hinchas del Pontevedra demostraron su condición de mejor afición de Galicia en Santo Domingo. Cantaron y botaron hasta una hora después de consumarse la eliminación
08 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.La fase de ascenso que acaba de tocar a su fin será recordada durante mucho tiempo por muchas y variadas razones. La hombrada del Pontevedra en el Carlos Tartiere al dejar en la estacada al Oviedo con solo nueve hombres en el terreno de juego tendrá reservado un rincón en la historia reciente del club que preside Nino Mirón.
No obstante, también estarán presentes otros hechos determinantes como los atropellos arbitrales sufridos en las dos eliminatorias, la ilusión que despertó el equipo en toda la ciudad o la movilización de la clase política, que fue capaz de aparcar sus diferencias, muchas veces irreconciliables, en pos de apoyar al Pontevedra.
Sin embargo, nada tendrá tanto peso como el recuerdo de la impresionante respuesta de la afición. El sentimiento granate renació con más fuerza que nunca para cerrar las heridas causadas por las dolorosas eliminaciones sufridas a manos de Sevilla B, Córdoba y Ceuta y sobre todo por la nefasta temporada 2008-2009 en la que el equipo solo pudo acabar la competición en mitad de la tabla.
Esa inesperada decepción, con un plantel plagado de figuras como Igor, Charles, Yuri, Vázquez, Xavi Moré, Jorge Rodríguez o Mikel Saizar, por citar a algunos jugadores, había sumido a la marea granate en un estado de depresión de la que no parecía poder salir de inmediato. Esa sensación se cumplió al dedillo durante la actual temporada por la incapacidad del equipo de encontrar una línea de regularidad capaz de catapultarlo a las primeras posiciones de la tabla.
Resurgió ante el Celta B
Pero los aficionados pronto demostraron que solo necesitaban un pequeño incentivo para volver a rugir como antaño. La victoria contra el Celta B significó la primera chispa de un fuego que prendió dos semanas después con el triunfo sobre el Lemona. Aparentemente, esos tres puntos solo habían servido para mantener con vida al Pontevedra hasta el encuentro con el Alavés en Mendizorroza, pero en la práctica hizo olvidar parte de los fiascos pasados.
Los seguidores se movilizaron a lo grande y montaron una marea granate de dos mil almas que puso patas para arriba Mendizorroza con el tanto de Iban Espadas y la posterior clasificación para la fase de ascenso dos años después de la última experiencia.
A partir de ahí ya no hubo vuelta atrás. El pasado estaba borrado y los aficionados se volcaron en pos de devolver al Pontevedra a la Segunda División, el lugar del que no tendría que haber salido nunca.
Respuesta espectacular
La respuesta frente al Real Oviedo en Pasarón y posteriormente en el Carlos Tartiere, fue igual de espectacular. Los festejos en las gradas del santuario azulón quedarán en la retina de muchos para siempre y ese bonito recuerdo ni siquiera podrá ser nublado por los desagradables incidentes que se produjeron en los aledaños del estadio asturiano.
Sin embargo, lo mejor aún estaba por venir. Pasarón volvió a lucir sus mejores galas frente al Alcorcón, pero el Pontevedra no tuvo su día y cedió un empate que a la postre resultó determinante. Los aficionados no se amilanaron y montaron otra marea granate contra viento y marea porque los directivos amarillos se empeñaron en frenar un masivo desplazamiento, algo que consiguieron a medias.
Las 1.300 almas de corazón granate volvieron a demostrar en Santo Domingo que su sitio no es la Segunda B. Vibraron, saltaron, cantaron y llevaron en volandas al Pontevedra durante unos primeros veinte minutos de ensueño, que solo se vieron empañados por la mala puntería.
Entereza a prueba de bomba
Pero luego también supieron encajar con entereza los duros golpes de los goles locales. No se rindieron y empujaron una y otra vez desde la grada en pos de provocar un milagro que sabían que no se produciría. A uno se le ponían los bellos de punta al observar la elegancia, la sobriedad y el saber estar de la marea granate. Ya no quedaba duda alguna de su supremacía en Galicia.
Cantos para endulzar la derrota
Lo curioso es que aún quedaba una sorpresa mayúscula por llegar, que sirvió para engrandecerla un poco más. Y es que, el que más y el que menos, creía que los aficionados se derrumbarían como un castillo de naipes en cuanto el árbitro decretara el final del encuentro. Nada más lejos de la realidad. Los cánticos continuaron, las palmas siguieron echando humo y el «Pontevedra, Pontevedra», que se había repetido hasta la saciedad durante la tarde, resonó con tanta fuerza que, ante esa estampa, era difícil entender que el equipo había caído eliminado.
A los jugadores no les quedó más remedio que sacar fuerzas de flaqueza para volver a salir al terreno de juego. El estruendo que resonó en Santo Domingo al verlos aparecer casi media hora después de la conclusión del partido fue del mismo calibre que el que se había producido en el Carlos Tartiere. Las muestras de cariño y entusiasmo dejaron una imagen impresionante para el recuerdo, de esas que hacen que todo lo malo que suele llevar adosado el mundo del fútbol se borrara de un plumazo; afloraron emociones que llevaban inevitablemente a hacer que a uno se le pusieran los ojos vidriosos mientras transmitía una de las crónicas más tristes que recuerda.