La revancha de París para cerrar el círculo

Paulo Alonso Lois
Paulo Alonso REDACCIÓN /LA VOZ.

PONTEVEDRA

Como la vida, el deporte casi siempre da una segunda oportunidad. Y Rafa Nadal tiene la ocasión de cerrar un círculo esta tarde ( TVE1, 15.00 ). La final de Roland Garros contra Robin Soderling llega rodeada de atractivos que la convierten en bastante más que un encuentro. Encierra la revancha de la derrota del español el año pasado, la posibilidad de que olvide a lo grande la crisis que nació en aquel descalabro inesperado. Puede enterrarlo todo el duelo entre dos tenistas que usan lenguajes diferentes. El sueco pega como con un martillo, con potencia y riesgo, feliz si el título se discute a golpes, y el español manda bolas como pelotas saltarinas, que suben hasta hacerse imposibles de devolver, y se recrea en la lucha de carreras y puntos largos, donde nadie lo supera.

Hace ya semanas, meses, que Nadal vuelve a ser Nadal. Pero el español ha construido su leyenda a base de grandes títulos, y más que en ninguna otra parte, en Roland Garros. Así que, para que su figura siga agrandándose, necesita grandes títulos. Con 24 años recién cumplidos, persigue ya su séptimo major (tras Australia 2009, Roland Garros 2005, 2006, 2007 y 2008 y Wimbledon 2008). Solo Borg, involuntariamente su más claro referente reciente, alcanzó más joven tantos torneos del Grand Slam.

Enfrente, Soderling representa la posibilidad de romper verdades que se consideraban absolutas. Cuando nadie podía con Nadal en París, después de 31 triunfos seguidos, lo eliminó; y ahora tiene ante sí al huracán que barrió todo cuanto pasó a su paso este año por las grandes plazas: Montecarlo, Roma, Madrid y Roland Garros. El mallorquín ha dado síntomas de nerviosismo en momentos muy puntuales dentro de un camino arrollador hacia la final. Y el sueco, con el que arrastró en el pasado algunos contenciosos, podría descolocarlo de nuevo. Su pique empezó en un partido de Wimbledon 2007 que duró cinco días, por los parones por la lluvia. Al inicio del quinto set, cuando Nadal se dispone a sacar, Soderling lo interrumpe para cambiar de raqueta, como respuesta al ritual del mallorquín, que suele hacerlo esperar; a continuación, justo antes de servir, el español se echa atrás para anunciarle que hay bolas nuevas. La tensión se corta con las risas del público. Y el sueco responde parodiando los tics del mallorquín, despegándose la parte de atrás del pantalón. No le gustó al mallorquín. Y, dos años después, Soderling jugó feo en Roma, antes de caer arrollado por 6-1 y 6-0. El árbitro bajó a revisar el bote de una bola de Nadal y el sueco, después de ver que era bueno, señaló otra mala situada a un metro del lugar. ¿Quién hubiera apostado porque el sueco, días después, lo iba a eliminar de Roland Garros? Pero los protagonistas no quieren el cartel de revancha o venganza que el partido ya tiene.

Invicto en cuatro ediciones seguidas, Nadal soportó en su anterior partido con Soderling en París como la afición jaleó al sueco. «Robin, Robin», gritaba la grada francesa, que pedía sangre, la caída del gran mito de Roland Garros del siglo XXI. El público de una jornada corriente, el domingo que marca el ecuador del torneo, se vio de pronto ante la posibilidad de vivir un gran acontecimiento jamás visto antes, la derrota de Nadal. No actuó igual la grada el martes, cuando Soderling apuntillaba a un Federer ya caído sobre la lona. Un público en contra puede convertirse en otro elemento más de presión para el jugador con una mentalidad a prueba de todo. O casi todo.