Puede decirse que tienen la orquesta en casa. Tres generaciones de la familia muestran su talento a través de diferentes instrumentos
02 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.María Conde La vida de esta familia casi se escribe en un pentagrama. Margarita Guerra y Carlos Orcajo comparten una pasión por la música que nació cuando ambos eran niños. Ella recuerda que con tres años ya iba a conciertos con sus padres. Su madre cantaba y su progenitor «era un melómano tremendo» y esta vallisoletana, pontevedresa de adopción, cuenta que el piano y el baile enseguida le sedujeron, aunque también las castañuelas, instrumento con el que ha ofrecido conciertos en distintos lugares de España, Portugal, Francia o Polonia.
Con estos precedentes, no es de extrañar que enfocara su trayectoria profesional por los derroteros musicales. En el caso de su marido, Carlos Orcajo, cantar es su debilidad, aunque en este caso sea más como afición. Es tenor y ya demostró sus dotes de niño compartiendo coro con Teresa Berganza en su ciudad natal, Madrid o en la Escolanía de Jesús de Medinaceli. Pero cuando comenzó la instalación de la fábrica de Ence en Lourizán, este ingeniero forestal trasladó su residencia a Pontevedra junto a su esposa.
Trayectorias
En la ciudad del Lérez ambos han dejado buena nota de su quehacer musical. Fundaron el coro de cámara Ars Musicae, una de las referencias vocales en Pontevedra. Y Margarita ha sido profesora de varias generaciones de alumnos en los institutos A Xunqueira I y Valle Inclán. En la actualidad y desde hace 25 años ambos dirigen el Coro del Liceo de Vilagarcía.
Y, claro, si uno se cría en este ambiente es casi imposible permanecer ajeno. No solo sus hijos Paloma y Carlos han seguido sus pasos, en este caso como violoncellista y coralista y como bajista, sino que también otras dos hijas residentes en Madrid, Margarita (violín) y Miriam (voz), viven idéntico idilio con la música. Ahora llega la tercera generación, en la que los cabecillas son sus nietos mayores, Natalia y Álvaro, ambos estudiantes en el Conservatorio Manuel Quiroga, la primera de clavecín y el segundo de contrabajo. También pertenecen al Coro Infantil Álvarez Limeses.
Casi podrían formar su propia orquesta, aunque reconocen que no tocan juntos todo lo que deberían «por falta de tiempo». Paloma y su madre destacan que las cosas han cambiado en lo que a nivel musical se refiere no solo en Pontevedra, sino en Galicia. «Cuando yo estudiaba violoncello -indica Paloma- era casi como la rara. Y en la actualidad es difícil entrar en el Conservatorio». De hecho, su hija Natalia quiso estudiar piano, instrumento que comparte en predilección con su abuela. «Pero ya no me examiné, había muchísima gente». «Ahora hay mucha afición y creo que desde que yo empecé -añade Margarita- el nivel musical ha mejorado un mil por cien. La gente tiene más interés y han mejorado los niveles de los conservatorios, los profespores, las escuelas de música, los grupos de gaitas...».
Carlos hijo es quizá el que se sale un poco del guión «el más moderno», como dice su madre, y su trayectoria musical la ha enfocado más hacia el folk. Este bajista prácticamente autodidacta había fundado junto a su hermana Miriam Áncora, un grupo de pop rock, y ahora está a punto de lanzar un disco con su actual formación, Avelaíña.
Todos coinciden en que para ser alguien en la música hace falta una predisposición. Pero luego está el trabajo, que tiene que ser duro y serio. «Disfruto muchísimo tocando. Y ver a que tus hijos les ha servido de profesión, y a los nietos que les gusta y continúan es lo más -apunta Margarita-. Porque la música te da una satisfacción espiritual que no te dan otras cosas». También se ponen de acuerdo en un compositor que les une, Mozart.