Pidió un año de excedencia en su trabajo como funcionario. Y el 18 de marzo el pontevedrés David Janeiro Soto-Quiroga salió a dar una vuelta... Al mundo. En principio, solo sabía que quería hacer un viaje largo, pero no tenía un destino predefinido, su única idea era dirigirse siempre hacia el este. Con 34 años, era consciente de que este era el momento. «Siempre quise hacerlo y era ahora o nunca -cuenta-. Me dije tengo los medios, salud y las ganas. No quería llegar a mayor y arrepentirme». Y comenzó haciendo a pie el Camino de Santiago al revés, desde Compostela a la localidad francesa de Saint Jean Pied de Port. Muchos peregrinos que se iba encontrando por el Camino se sorprendían de su ruta, y él les explicaba que era «por llevar la contraria». Una vez en Francia, comprobó que se encontraba bien y seguía con ganas de más, «así que, para adelante». Y fue de esta manera como ha completado en ocho meses una vuelta al mundo cruzando 35 países de los cinco continentes, con una filosofía «radical», como él dice. Es decir, con los medios justitos, a veces andando, otras a dedo y solo con los vuelos necesarios, renunciando a las comodidades. «Quería pasar un período de tiempo viviendo con lo básico, o sea, viajar a lo pobre», señala, mientras reconoce que lo más difícil fue atreverse a empezar la ruta. Lo peor, las noches. Se llevó una tienda de campaña, pero enseguida la abandonó por el camino, «porque me daba muchos problemas», entre ellos el peso. Durante la ruta xacobea se alojó en albergues, pero después su viaje ha sido toda una aventura y, como explica, debe haber pocos lugares en los que no haya dormido, desde parques, estaciones de autobús, en el metro, en edificios en obras, en hospitales.... En otras ocasiones se valió de la hospitalidad de muchos lugareños para cenar y alojarse en sus casas. Y en este sentido, cita sobre todo a los jordanos. «Me la crucé de arriba a abajo sin pagar un duro por dormir porque la gente me invitaba», cuenta. Reconoce que sobre todo hubo noches en que lo pasó «realmente mal», por las incomodidades de todo tipo, el frío o el ruido, y cita entre ellas una en Djibouti en la que sorprendió a un ladrón rajándole la mochila y robándole el botiquín, que después consiguió recuperar. «Estaba durmiendo en el puerto con las ratas andando a dos palmos, pero resulta que además de ratas, había rateros...». Sin embargo, su filosofía es que, «nada es malo si no trasciende en el futuro, así que al final te acabas riendo de cosas como esa y te alegras de que te hayan pasado». El blog. Todas sus peripecias las fue escribiendo en el blog Salgo a dar una vuelta, que comenzó en la víspera de la ruta e iba escribiendo más o menos semanalmente en los cíbers que encontraba. Y es que el único artículo que se llevó de valor fue la cámara fotográfica, con la que ha realizado 1.557 instantáneas. En su equipaje de cinco kilos también destacaba un ejemplar de El Quijote, que hasta entonces no había leído y ahora es su obra favorita. No le es tan fácil elegir después de este periplo un país, «porque cada uno tiene su propio estilo y personalidad». Pero equipara su viaje, en el que perdió veinte kilos de peso, a una vida corta y vivida muy intensamente, donde la infancia fue el Camino de Santiago, «que me educó física y mentalmente», la adolescencia Europa, «la impetuosa juventud» África y Asia Menor, la madurez Indonesia y su vejez Estados Unidos, «donde ya estaba preparado para volver a Galicia, que desde luego es para mí uno de los sitios más bonitos del mundo». Si cuando decidió irse quería «escapar de la burbuja social», ahora está deseando reincorporarse a ella y antes de regresar a su puesto de trabajo en Cádiz quiere plasmar en un manuscrito, «solo para mí» sus vivencias. Lo que también tiene claro es que con su increíble experiencia volvería a realizar un viaje similar «pero con alguien». «Si vas acompañado las alegrías son más alegrías y las penas son menos», sentencia.