Ha enseñado los secretos de la ciudad desde hace quince años a miles de visitantes y, como «guía y pontevedresa» le exaspera el intrusismo profesional en su sector
24 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Recuerda que desde su época de estudiante de Turismo en Madrid «ya vendía Pontevedra, porque siempre me gustó mi ciudad». Y ahora lo hace con los miles de visitantes que cada verano participan en sus rutas guiadas o con los grupos que en invierno lo solicitan al departamento de Turismo del Concello. Pero lo de convertirse en guía fue algo más casual para Raquel Abollo Cuéllar. «Una amiga me dijo que por qué no me sacaba el carné -explica-. La verdad es que yo no me veía, pero al año de sacarlo ya me llamaron para hacer las visitas de la Asociación Zona Monumental y me encantó el trabajo. Y ahora es lo que más me gusta, estar en la calle. Siempre hay un intercambio de información con la gente, ellos vienen de diferentes puntos del país o de fuera y te cuentan cosas y tú les cuentas de Pontevedra. Luego hay muchos espontáneos, gente de aquí que aprovecha para criticar algo de la ciudad...».
Y reconoce que su decisión fue también un reto personal, ya que antes se consideraba una persona muy tímida. «Me dije que necesitaba hacer algo para hablar con la gente -añade-. Y la verdad es que ahora hago comentarios que antes ni imaginaba, o el estar delante de cincuenta personas».
Supera las expectativas
Tiene público de todas las edades y el que considera más difícil es el infantil. «Cuesta mucho que mantengan la atención -señala-. Con ellos intento que la visita sea como un cuento, pero bueno, tampoco es que sean todos así. Lo que pasa es que fuera de clase cuesta más controlarlos».
El Museo y la basílica de Santa María son los edificios que más impactan a los adultos, como reconoce Raquel Abollo. «Pero en general les gusta todo y siempre supera sus expectativas -apunta la guía-. Hay gente que viene porque se lo recomendaron y siempre queda impresionada por el casco antiguo, lo grande y bien conservado que está. Incluso dicen que les sorprende más que el de Santiago, porque allí ya saben lo que se van a encontrar. Cuando les dices que la visita dura dos horas exclaman '¡tanto!' y ya les advierto que es sin visitar el Museo ni pisar alguna plaza. Cuando amplíen el Provincial en una mañana no ves Pontevedra».
Pocas quejas
Otro aspecto que impresiona es el ambiente de las plazas y las terrazas y, para los que vienen de grandes ciudades, «la calidad de vida» de la capital. «En sus ciudades tardan un montón en llegar a cualquier sitio y comentan que aquí media hora cunde tanto...». Quejas, muy pocas, advierte. Y no precisamente por el tráfico o las obras. «Lo del tráfico no me lo comentan mucho, pero igual es porque van directamente a un párking o a los grupos ya les dejan en la Alameda -indica-. Y de las obras, dicen que toda España está igual».
En verano, sus visitas guiadas terminan en las Ruinas de Santo Domingo, un lugar de encanto para ella y para el que pide un proyecto de recuperación. «Es una pena que aquí entre tanta gente y a no ser que lo explique el guía del Museo se va sin saber nada -señala-. Y luego las piezas están muy deterioradas de estar a la intemperie. Por ejemplo, hay unas laudas gremiales, tumbas de artesanos, que no están protegidas y la gente está pisándolas, y hablamos de elementos de los siglos XIV y XV».
Si hay algo que le exaspera es el intrusismo en su profesión y afirma que hoy el 80% de los grupos que hacen visitas por el casco antiguo lo hacen sin guía profesional. Ello da lugar a explicaciones y situaciones del todo esperpénticas, como las que ella ha tenido que escuchar en alguna ocasión. «Necesitaríamos que el Servicio de Inspección de la Xunta controlase un poco más, porque el boca a boca se corre enseguida y en cuanto vayan un par de multas... -advierte-. Me molesta no solo como guía, sino como pontevedresa, porque escuchas cada burrada. Por ejemplo una vez un guía estaba diciendo que estas Ruinas eran por una bomba que habían lanzado los de Marín contra Pontevedra. También se han referido a Santa María o la Peregrina como la catedral o han confundido las Ruinas con San Francisco». Entre los visitantes también hay lío. «Una vez me decían; venimos del santuario del Pelegrín», cuenta. En el caso de las Ruinas, muchos también piensan que es un monumento sin acabar, al estilo de la Sagrada Familia, «y te dicen, ¿cómo dejaron esto así?».