Una «Scherezade» de ensueño

Leopoldo Centeno

PONTEVEDRA

En los últimos tiempos hemos presenciado en directo varias interpretaciones de la Suite Sinfónica de Nicolás Rimsky-Korsakov Scheherezade, sin embargo, ninguna ha alcanzado el nivel de calidad que hemos apreciado en la Orquesta Sinfónica del Teatro Olímpico di Vicenza, en un concierto patrocinado por Caixanova. Pero vayamos por partes.

Bajo la competente dirección del maestro Giancarlo de Lorenzo, la Orquesta de Vicenza inició su actuación con el Concierto para piano nº 2 en Fa menor, op. 35, del compositor polaco Frederic Chopin, cuya interpretación se extendió a lo largo de 31 minutos y medio; por ello, hubiera cabido perfectamente en la programación una obertura (italiana, por ejemplo) para iniciar la primera parte. Pelillos a la mar.

Alarde de expresividad

Como solista, intervino el joven pianista de 28 años Gerardo Felisatti, con brillante intervención. La obra está constituida por tres movimientos. Maestoso, escrito en forma de sonata que contiene una amplia introducción orquestal, en el que una vez asentada la presencia del solista, éste no deja su preponderancia en todo el movimiento. Felisatti, conteniendo su ansiedad, dejó constancia de musicalidad, fuerza y virtuosismo. El segundo movimiento (Larghetto) es una canción intimista (inspirada en un amor de juventud), con estructura tripartita, si bien en la parte central tiene un carácter dramático; el solista hizo un gran alarde de expresividad, claridad y suma delicadeza. Chopin concluye este concierto con un Allegro vivace, escrito en forma de rondó, en el que da cabida a una mazurca de claro cariz polaco, luminoso y desenfadado, abriéndose finalmente al modo mayor para conferir alegría y brillantez.

El director realizó una ágil, intensa y emocionante versión de la obra. Junto a la orquesta, Gerardo Felisatti fue muy aplaudido y tras saludar repetidas veces, se resistió a ofrecer un bis.

La segunda parte estuvo integrada por la Suite Sinfónica Scheherezade, opus 35, de Rimsky-Korsakov. Componente del célebre Grupo de los Cinco ruso, Nicolás Rimsky-Korsakov le gustaba más instrumentar que componer; disfrutaba más con los colores de la paleta orquestal que daban destellos relucientes a las obras, así como el ritmo flexible de las mismas, que en el propio arte de la composición, por ello frecuentemente ayudaba a otros músicos menos aptos para estos menesteres, máxime a Mussorgsky. No tenía empacho en confesarlo. De joven había sido teniente de la Marina rusa por lo que, a bordo del buque de guerra Almaz, recorrió el mundo durante tres años, viajes en los que recogía temas musicales para sus composiciones.

De sus apuntes y del trabajo con colecciones o cancioneros musicales de otros países, salieron obras como el Capricho Español o la suite Scheherezade, por citar los más significativos. Su contacto con el mundo árabe y el conocimiento de los cuentos de Las mil y una noches, fueron el punto de inspiración para la composición de Scheherezade. La obra es un auténtico tratado de instrumentación que en su interpretación nos ha deleitado con solos instrumentales excelentes: el violín concertino, sobre todos (Rimsky, en principio, concibió la obra como un concierto de violín), bien secundado por el arpa; sin desmerecer para nada los correspondientes del clarinete, fagot, trompa, violonchelo, flauta, oboe, trompeta, etc. No solamente han sido destacables los solos sino el conjunto orquestal, dado que Giancarlo de Lorenzo administró muy bien los rubatos, reguladores y clímax, los planos y discurso instrumental, la transparencia de los pentagramas y los tiempos; cuajando una espléndida y versátil lectura, la mejor Scheherezade que hemos escuchado hasta la fecha.

Los aplausos fueron muy intensos y prolongados, saliendo a saludar el director en varias ocasiones y poniendo en pie los diversos solistas y a toda la orquesta, redondeando una brillante velada musical. Una Scheherezade de ensueño.