Las obras del centro de las torres arzobispales cercan la sede del Patronato de Turismo Rías Baixas. Su presidente habla de ataque frontal del Ayuntamiento
02 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Se ha convertido casi en un asunto personal. Ha pasado de anécdota en los debates plenarios de la Diputación de Pontevedra a empeño personal de su vicepresidente, José Manuel Figueroa. Quizá por ello, como ayer mismo dejó ver el propio interesado, el problema persiste.
El Palacete de las Mendoza, en Santa María, es el principal dispensador de información turística que hay en Pontevedra. Casi bajo el recinto, a tres metros de profundidad, el Ayuntamiento construye un museo para mostrar los restos del foso de las torres arzobispales que se encontraron en las excavaciones de la calle. Bajo tierra hay un tesoro arqueológico con el que se busca atraer más visitantes a la ciudad. Pero en la superficie, se acumula el material de obra, escombros y las casetas que sirven de almacen para unos trabajos que se están eternizando.
Lo dicen los restauradores de las inmediaciones: la obra afecta. Y mucho. Se sirven menos comidas. Algunos incluso cerraron una temporada a la espera de la conclusión de la obra, pero han vuelto a abrir sin saber cuánto tiempo convivirán sus clientes con el polvo y el ruido que generan los trabajos.
«¡Esto é intencionado!». Ni el tono, visiblemente airado, ni el fondo de la manifestación que ayer realizó José Manuel Figueroa tienen nada que ver con el mermado volumen de la recaudación de los restaurantes del entorno. El malestar, a pie de obra del vicepresidente de la Diputación es con el Concello. Con el «señor Mosquera», el edil de Infraestructuras, a quien, pese a carecer ya de competencias en el casco antiguo, insistentemente le ha reclamado «unha simple chamada ao xefe de obra para que mova as casetas».
Porque las casetas afean el entorno, cercan el palacete y constriñen la entrada por donde acceden los visitantes. Hay una zona dedicada a almacén de materiales que persiste en el lugar, al menos, desde el 2007. Está también una caseta de almacenamiento que funciona además como vestuario del personal. Se ha sumado en los últimos tiempos un tanque de agua para la máquina que realiza catas en la zona. Y hay dos carteles que publicitan la actuación que suman más sombra sobre el inmueble propiedad de la Diputación.
El edificio costó 2,1 millones de euros en el 2004. A los que se sumaron otros 118.000 para reformarlo y adaptarlo a su uso como sede del Patronato de Turismo Rías Baixas.
«O Concello ataca desta maneira dun xeito frontal a esta institución», continuó Figueroa, quien ya no sabe qué hacer para sacar de delante del palacete el material, la cuba y las casetas de obra. «Pedímosllo en privado ao alcalde, públicamente, por escrito...».
Golpe de efecto
El último golpe de efecto, tras la denuncia pública de ayer, será realizar un plano detallado de la plaza y sugerir las «múltiples ubicacións» alternativas para todo el material. Lo hará sobre una plaza que esconde bajo su superficie un museo que, cuando esté terminado, dispondrá de 715 metros cuadrados y habrá costado 1,6 millones de euros. Será un nuevo polo de atracción turística. Pero puede que ni así, con la calle empedrada y el museo finalizado, se zanje la polémica. Porque al subsuelo, donde se mostrarán los restos, se accederá a través de un cubo de cristal que se levantará contiguo al muro del palacete.
Esa caja de cristal permitirá el acceso a un espacio de recepción, con ascensor desde la superficie.
En el interior se habilitará una zona en la que se proyectará de forma continua un audiovisual en el que se recreará la funcionalidad de la muralla defensiva de la ciudad y los asedios a los que fue sometida por los Irmandiños y los ingleses. La reproducción de una catapulta completará el efecto.
La razón de ubicar el artilugio bélico se debe a la aparición durante las excavaciones de una veintena de piedras redondeadas y toscamente labradas que, según los arqueólogos, fueron utilizadas como proyectiles de catapulta durante los asedios a los que fueron sometidas las torres arzobispales. Los proyectiles continúan hoy cruzándose. Aunque sean dialécticos y en una guerra casi personal.