Desde ayer y hasta finales de septiembre, tropas de la Brilat, del Tercio Norte y de Caballería luchan contra la actuación de los incendiarios en los montes gallegos
02 jul 2009 . Actualizado a las 03:25 h.Ocho y media de la mañana de ayer. Una larga columna de todoterrenos, cada uno de ellos ocupados por un conductor, un operador de radio y un mando, abandona el acuartelamiento pontevedrés de la Brilat. Las primeras patrullas del verano salen para vigilar los montes gallegos.
Por delante, los militares de la Brilat, del Tercio Norte de la Armada y de la Brigada de Caballería tienen tres meses, a priori, complicados. El invierno húmedo y las altas temperaturas que se registran estos días no son la mejor de las combinaciones frente a los incendios forestales.
En cualquier caso, el sargento Cancela se muestra optimista. Natural de Pontevedra, ingresó en el 2002 en el Ejército y es la tercera vez que toma parte en este tipo de operativos encaminados «a dar una alerta temprana ante un posible conato de fuego y disuadir a cualquier pirómano»; y que reciben la rimbombante denominación de Centinela Gallego.
En esta primera jornada, y antes de echarse al monte, los integrantes de la patrulla mantuvieron reuniones con las distintas autoridades locales de Ponteareas, lugar en el que ayer desplegó su actividad la unidad del sargento Cancela. «Diariamente nos repartimos el terreno y alternamos las rutas. El objetivo es no ser predecibles para los incendiarios», unas circunstancias que hacen que los horarios de las patrullas sufran constantes modificaciones.
Las reuniones con las autoridades civiles permiten a los militares tener un conocimiento muy exacto de aquellos puntos de mayor riesgo de fuego. A uno de estos espacios, el monte de A Picaraña, acudieron ayer el sargento Cancela y sus subordinados: el artillero Solla, natural de Ponte Caldelas y responsable de la radio, y el también artillero Conde, vecino de O Grove y encargado de conducir el todoterreno hasta los puntos más inaccesibles.
A los pocos minutos, un piloto a los mandos de una moto de trial se presenta en la zona. Nada más toparse con los militares se lo piensa dos veces y se vuelve por donde ha venido. Cancela ya está acostumbrado: «Seguro que no venía a hacer nada raro, pero al vernos ha preferido irse. Seguro que ahora está abajo comentando a sus amigos que nos ha visto y que estamos patrullando el monte».
«Es lo que queremos. El boca a boca es fundamental y nos ayuda a la hora de disuadir», acota un portavoz de la Brilat. De este modo, en cuestión de poco tiempo, la presencia de los soldados es conocida en la zona.
En cuanto a su relación con la población, es contundente al afirmar: «Tengo la sensación de que están esperando nuestra presencia». Todos coinciden en que la gente los recibe bien, eso sí, siempre hay algún despistado que les suelta el ya habitual: «¿Qué es lo que pasa?».
En otros casos, se limitan «a girar las cabezas cuando ven pasar nuestros vehículos. Les sigue llamando la atención», reconoce el sargento Cancela.
Mano amiga
Los militares desplegados no tienen capacidad de retener ni detener a ningún posible sospechoso, ni tampoco pueden colaborar en la extinción de las llamas. En el primero de los casos, deben alertar a las fuerzas y cuerpos de seguridad, y en el segundo, a los militares desplegados en cada distrito, según un convenido suscrito recientemente por el Ministerio de Defensa y la Xunta.
A pesar de todo, los soldados consideran que su mera presencia «les da más seguridad» a los vecinos. «Somos una mano amiga para la gente de la zona», concluye el sargento Cancela.