La verdadera enseñanza

Leopoldo Centeno

PONTEVEDRA

24 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Estrenada en el Teatre Goya de Barcelona el día 3 de octubre de 2008, Los chicos de Historia es una espléndida pieza teatral original del escritor británico Alan Bennett, con la cual ganó el Premio Tony en el 2006. Esta obra fue representada recientemente en el Centro Social Caixanova, teniendo como piedra angular a José María Pou, dado que él es el responsable de la traducción, la dirección e interpretación como protagonista de la misma.

En síntesis, la obra está centrada en una escuela inglesa donde los jóvenes estudiantes se preparan para su ingreso en las universidades de Oxford y Cambridge. El veterano y extravagante profesor Héctor (José María Pou), con un método de enseñanza sui generis, prepara al grupo concienzudamente y, pese a que su sistema es poco ortodoxo, la praxis lo revela como la verdadera enseñanza, basándose en la confianza con sus alumnos, el respeto y la alegría, abarcando más materias que las encomendadas por la dirección, todo ello sacralizado con una profunda humanidad y sobre todo en base a que ofrecía la primordial «enseñanza que no se estudia en los libros»; método que producirá enfrentamientos con el nuevo licenciado contratado por el colegio para complementar las clases de acceso a la universidad.

El propio José María Pou define la pieza con claridad meridiana. Dice: «es una obra insólita y extraña, que habla de muchas de las cosas que me gustan (y preocupan a la vez): de la educación, de la enseñanza, de la cultura, de los libros, de la poesía, de los clásicos del cine, de la música popular, del teatro, del placer de jugar y de las ganas de aprender. Y lo hace de forma emotiva, inteligente y divertida, presentando sobre el escenario a un grupo de chicos que quieren comerse el mundo, y a un grupo de maestros -demasiado hartos algunos, demasiado hambrientos otros- arriesgándose juntos en el largo viaje del conocimiento». Efectivamente, todos estos temas están tratados en el transcurso de la obra, con un texto y una acción que no tienen desperdicio. Es una obra profundamente didáctica, recibida con beneplácito por el numeroso grupo de docentes que asisten a esta programación cultural de Caixanova y del público en general. El personaje del profesor Héctor y perdonen la licencia personal, por asociación de ideas me hizo recordar a otro profesor humanista, desinteresado, entregado, ameno y docto, del cual he tenido el privilegio de ser su alumno en la década de los 50: Emilio Vázquez González, que ha enriquecido mucho mi vida.

Volvamos al cauce. La exposición del texto, la ambientación escénica, los movimientos, la dicción, los temas musicales, los cantos? Todo está perfectamente medido y realizado. La dirección, de nota. La interpretación, plausible. Un examen de la obra: sobresaliente. En la acción: Se descorre el telón y en escena aparece un actor en silla de ruedas que hace un preámbulo, se funde la luz al negro y al inundar ésta el escenario ocho estudiantes cantan profesionalmente en coral el Gaudeamus Igitur; ruido de una motocicleta, los estudiantes forman en dos filas y aparece el profesor Héctor, se saludan en francés; en este idioma se van nombrando las prendas de vestir que le van retirando al profesor, incluido el casco de motorista. Impactante comienzo. Engancha. Un día el director del centro le reprocha a Héctor, diciéndole: «Sus clases son de lengua y literatura inglesa, no de francés». Héctor siempre iba más alla de su obligación, incluso cantaba y declamaba con sus alumnos. Al principio, el profesor les dijo a los chicos: «Cualquier cosa que yo haga en clase, es a cuenta de la confianza». Prueba de la inconformidad con el sistema establecido, Héctor decía a los alumnos: «Para mí, los exámenes son enemigos de la educación», continuando: «¡Y qué pasa después de los exámenes? que la vida continua! Al final, el profesor desde una etérea posición dice a sus alumnos: «Pasar el testigo», «Esta es la lección que quería que aprendierais». La verdadera enseñanza, no se estudia en los libros.