Tarde pitos y energúmenos en Pontevedra

L. P.

PONTEVEDRA

El público que ayer llenó el coso pontevedrés tenía ganas de juerga como bien demostró al estallar en una ovación nada más los toreros comenzar el paseíllo. En el lado opuesto a la diversión, si hay algo que no gusta al respetable es la función de los picadores. Normalmente ejerzan su trabajo como lo ejerzan, mal o bien, tienen asegurada una buena pitada por parte de los aficionados.

Ayer hubo pitos para todos lo gustos, sobre todo, a partir de que Francisco Rivera se empecinase en acabar con su segundo toro con el acero. Los gritos de «¡¡fuera!!» se debieron escuchar hasta en Acapulco. Pero hay estaba, el hijo de Paquirri, impertérrito hasta que el astado finó. Como premio, el público despidió con una larga ovación al animal, más de lo que se llevó el diestro.

Y si abroncado terminó el matador, no vean como acabó uno de los picadores de El Fandi. La pitada que recibió fue de las que hacen época y que, en contadas ocasiones, se han podido escuchar en el coso pontevedrés.

En cuestión de segundos, los abucheos dieron paso a los insultos -«burro» fue de los más bonito que se escuchó- y a que unos cuantos energúmenos decidiesen copar el protagonismo lanzando almohadillas y alguna que otra botella.

Muchos espectadores reaccionaron encarándose con los impresentables, lo que dio pie a que se produjera una pequeña pelea en la grada y que la policía nacional obligase a abandonar las mismas a, al menos, un espectador.

Fue entonces cuando Francisco Rivera se cobró su pequeña venganza de los pitos recibidos con Sellador. Consciente de los riesgos que implicaban la presencia de los objetos sobre la arena, se lo recriminó a algunos de los que lanzaban. Los pitos subieron más, si cabe, en intensidad.

Menos mal que, cual Ave Fénix, El Fandi tomó las riendas y consiguió que la plaza en pie corease su nombre.