Pontevedra es una ciudad pequeña en población pero grande en vida cultural. Aparte de sus innumerables exposiciones, conferencias, conciertos, representaciones teatrales, etc., la actividad cultural, en ocasiones, es desbordante. Así ocurrió el pasado lunes, dado que han coincidido a la misma hora sendos conciertos sinfónicos: uno en la Sociedad Filarmónica a cargo de la Orquesta Filarmónica de Pilsen y otro de la Orquesta Filarmónica de Budapest en el Centro Social Caixanova. Una pena.
El concierto de Caixanova presentó un programa novedoso de música nacionalista con obras de Liszt, Kodály y Borodin. Se inició con la celebérrima Rapsodia húngara nº 2, de Franz Liszt. Inicialmente escrita para piano, la versión orquestal goza -asimismo- de una gran popularidad, dada su espléndida orquestación. Bajo la dirección del maestro Gergely Kesselyák, la Filarmónica de Budapest ofreció un sonido amplio y contenido, luciendo de forma extraordinaria la cuerda grave. Interesantes solos de clarinete (muy aplaudida su intérprete en todo el concierto), flauta y flautín. Se ha apreciado también un controlado crescendo, un buen rubato y deliciosos pianos, gran clímax y un final que dejó patente la grandeza del sonido; algo que hizo reventar el aplauso del público.
Las cinco Danzas de Galanta, de Zoltán Kodály, fueron interpretadas sin solución de continuidad, como es habitual. Estas piezas constituyen una exuberante manifestación musical, trepidante, casi salvaje, con música sincopada, conteniendo interesantes solos instrumentales a cargo de trompa, oboe, flauta y clarinete. La lectura a cargo del maestro Kesselyák ofreció buenas alternancias entre fuerte/piano, ajustados cambios de velocidad, un conseguido clímax orquestal hasta alcanzar el fortísimo y un final de vértigo. Atronadores aplausos rubricaron su interpretación.
La segunda parte estuvo integrada por dos obras de Alexander Borodin: compositor ruso miembro del denominado Grupo de Los Cinco, cuya meta era la exaltación de la música tradicional. El boceto sinfónico titulado En las estepas del Asia Central está dedicado a Franz Liszt, constituyendo así una interesante cohesión del programa. En los ocho minutos que duró esta pieza, hemos comprendido el sentido programático de la misma: una caravana atravesando el desierto estepario asiático flanqueada por las tropas y acompañada de la música rusa (expresada por el clarinete) y la oriental (corno inglés); ambos cantos se yuxtaponen en un interesante contrapunto, siendo los pizzicatos (cuerda) los que representan el paso de los caballos y camellos, hasta que la comitiva se va alejando en la estepa perdiéndose en el infinito (flauta). Claridad meridiana en la exposición, versatilidad en el fraseo, destacados solos instrumentales, equilibrados corales, uniformidad en el canto de los chelos, gravedad en las cuerdas de los violines. Excelente interpretación.
El programa se completó con la Sinfonía nº 2 en Si menor (denominada Épica), asimismo de Borodin, obra de gran tejido instrumental, armónico y rítmico, con infinidad de mini-solos, síncopas, clímax sonoros y frenesí final; sinfonía que se inicia con una dramática fanfarria y concluye con una vertiginosa danza, todo perfectamente resuelto por la profesionalidad del director, quien exigió mucho a los 75 profesores de la orquesta, ofreciendo una lectura muy vitalista y convincente. La característica del concierto ha sido, aparte de la singularidad del programa, la calidad de sus versiones, consiguiendo buenos rubatos, reguladores y contrastes dinámicos y, sobre todo, un sonido espléndido y bien equilibrado, pese a que en los fortísimos ocasionalmente apretaron lo suyo. Los aplausos fueron tan intensos y prolongados que el programa se amplió con dos importantes propinas: la Marcha húngara de La condenación de Fausto, de Berlioz y la Danza húngara nº 5 en sol menor, de Brahms.
En resumen: Un memorable concierto que dejará huella en los asistentes.