Una vida en Blanco y Negro

María Conde maria.conde@lavoz.es

PONTEVEDRA

17 ene 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Desde hace más de una década son los verdaderos «dueños de la terraza» del Blanco y Negro, como dice su propietaria, Pilar Amoedo. Lara, de quince años, y su hijo Sutter, de trece, son el alma de esta céntrica cafetería de los jardines de Las Palmeras, testigos de tantas tertulias, aperitivos y sobremesas y, salvando las distancias, casi tan apreciados por la clientela como el personal del establecimiento o su café. Ellos fueron de los primeros perros de raza samoyedo que hubo en Pontevedra, de la misma quinta que el animal, ya fallecido, que tuvo el abogado Juan Pazos. «Es una raza muy alegre -señala Pepe, su otro dueño-, tienen como esa sonrisa en el rostro». Dentro de esta raza, están los samoyedo lobo y los oso, que se diferencian por el hocico más achatado que presentan estos últimos. Lara es lobo y Sutter, una mezcla. Su historia. Hechas las presentaciones, hay que contar su historia. Lara llegó con cinco meses de Baiona y fue una amiga quien se la vendió a los dueños del Blanco y Negro. Después de un tiempo sola, la cruzaron con el perro del bar Rianxo y todos esperaban una lluvia de cachorros, que prácticamente estaban regalados, pero finalmente Lara solo tuvo a Sutter y Pilar decidió quedárselo. De ellos, su dueña dice que la hembra es «muy buena, aunque ha hecho de las suyas» -como aquella noche de Reyes en que se deshizo sin contemplaciones de todos los regalos- y que Sutter «es grande, mimoso y muy pesado». Ahora están viviendo la vejez canina, pero en sus años juveniles ambos canes hicieron, como todos los mozalbetes, múltiples travesuras. Además de no ser muy cariñosos con los perros que cruzaban sus dominios -«si eran sus amigos no había problema, pero como oliesen a perro con miedo, hacían frente común contra ellos»- Pilar recuerda como una de sus peores jornadas aquella en la que se metieron en el estanque de los patos de Las Palmeras y la emprendieron con uno de ellos. «No lo mataron, pero sí le hicieron daño y luego fueron los otros patos los que lo remataron -explica Amoedo-. Luego hubo que meterse en el estanque para quitarlos, porque no salían... Pero después de esa nunca más se metieron allí». A sus dueños la bromita les costó una multa del Ayuntamiento que Pilar recuerda que estuvo entre las 12.000 y 15.000 pesetas. Otra de las gamberradas de Sutter fue la de cargarse los pantalones de dos clientes, uno de ellos el profesor del Instituto Valle-Inclán Santiago Mariño, a quien agarró por el pantalón pensando que lo iba a pisar cuando estaba tumbado en la terraza, y el otro era un militar. «Hay veces que cuando está acostado no quiere que lo toques», explica su dueña. Otras aventuras caninas. Juntos han vivido otras aventuras. Por ejemplo, ambos desaparecieron en una ocasión. A Lara se la llevaron unos niños pensando que estaba sola en la terraza, pero después de que sus dueños pusiesen un anuncio en los medios los padres de los chavales la devolvieron. En el caso de Sutter, le perdieron las faldas. La propietaria de la perra que persiguió lo recogió una noche y al día siguiente lo soltó en la zona de los jardines en la que lo había encontrado, con lo que al can no le fue muy difícil volver a casa. Más curioso fue su viaje al depósito de la grúa, un día en el que Pilar se los llevaba a la playa. Aparcó en la plaza de Concepción Arenal, «donde no molestaba a nadie», y mientras fue a hacer un recado dejó a los perros en el coche -Lara de copiloto, como siempre-. Cuando regresó, la grúa se los había llevado. «Fui al depósito, pagué y me pareció increíble la situación», comenta la propietaria.

El Blanco y Negro es su casa, pero Sutter, por ejemplo, se manejaba a las mil maravillas por los alrededores. Incluso hacía sus visitas diarias a quienes le ofrecían dulces. Sus recorridos eran siempre a la tienda de golosinas que hay junto a la entrada posterior del Instituto Valle-Inclán, para conseguir nubes; a la pastelería Llomar, donde le surtían de galletas y a una tienda de la calle Rosalía de Castro, también para chuches. «Incluso me contaban que cruzaba por los pasos de cebra», añade Pilar. Hay clientes, como personal de la Diputación, que incluso pedía churros con el café solo para dárselos a los perros. «Están muy mimados», añade. Y también están muy unidos: «Sutter, por ejemplo, hace todo lo que hace la madre -comenta Pilar Amoedo -. Es verdad que tuvieron una juventud tremenda, pero son muy buenos, sobre todo en casa. Y creo que están tan unidos que el día que se muera uno se muere el otro». Ahora sufren los achaques de la edad; Lara padece cataratas y sordera, mientras que Sutter tiene displasia de cadera. Sin ellos, el Blanco y Negro perderá algo de luz.