Locura colectiva entre los granates

PONTEVEDRA

El júbilo se apoderó de los aficionados granates con el tanto anotado por Víctor Ormazábal y siguió tras el pitido final con la correspondiente invasión de campo

15 nov 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

El recuerdo de lo vivido ayer en el estadio municipal de Pasarón tardará mucho tiempo en poder difuminarse. La mejor entrada de la temporada para uno de los mejores encuentros que se recuerdan a orillas del Lérez. Los aficionados granates entendieron en la jornada de ayer que iba a ser un día para la historia y acudieron en masa a la cita con el Zaragoza.

El colorido no lo dieron los miles de papeles que inundaron el césped. El color lo pusieron cerca de seis mil gargantas gritando al unísono «¡Vamos Pontevedra, vamos campeón!».

Hubo pancartas, confeti, mosaico y hubo sobre todo emoción a raudales. La tensión volvió a colocar al torneo copero en lo más profundo del corazón de los hinchas y simpatizantes de los equipos humildes y volvió a suponer un auténtico mal trago para un favorito a alzarse con el trofeo.

El Zaragoza ha pasado a engrosar esa negra lista de equipos fuertes que subestiman a los enchidos rivales de categorías inferiores. El público se volcó desde antes de que diese comienzo el choque y a medida que se iban consumiendo los minutos el león rampante del escudo del Zaragoza parecía menos fiero de lo que pintaban las quinielas en la previa.

Tras los lógicos sustos que este tipo de equipos suelen dar en los campos pequeños, el graderío se contagió del estado anímico de los futbolistas y la machada de derrotar a un «primera» parecía cada vez más factible.

El empate a ceros ya casi se estaba dando por bueno cuando Xabi Moré cogió el balón, levantó la cabeza y Víctor Ormazábal hacía estallar la tensión acumulada en toda Pontevedra. Abrazos, gritos... euforia en general manifestada de todas las formas imaginables. El Pontevedra lo había conseguido y las gradas imploraban el final del choque a un Turienzo Álvarez que se resistía a acabar con aquella mezcla de fiesta y pavor a que se repitiesen los malditos finales de anteriores encuentros de liga.

Fiesta antes y después

La tarde estaba destinada a ser una fiesta contínua. En los prolegómenos hubo gaitas y hubo campeones. El ciclista de Mos, Óscar Pereiro (confeso amante del deporte rey) hizo el saque de honor y regaló al presidente Mirón un maillot amarillo del Tour de Francia. Sólo era el comienzo de las celebraciones.

Cuando se certificó el gol y sobre todo, cuando el colegiado señaló el final del encuentro, el último de los tres pitidos se convirtió en el pistoletazo de salida para decenas de aficionados que se saltaron a la torera las barreras arquitectónicas del estadio de Pasarón y corrieron a por los futbolistas y sus camisetas.

Las montañas de papeles acumuladas tras la portería donde Víctor anotó el único gol del encuentro quedaron en un segundo plano ante la marabunta de aficionados que celebró sobre el césped la histórica victoria de su equipo.