Que en los últimos tiempos el Samaín céltico galaico le está dando calabazas al Halloween es ya un hecho. Pero no crean que la recuperación de esta tradición ancestral se limita sólo a llenar calabazas con velas. El fundamento, como diría Arguiñano, está en el interior de las propias calabazas, que cada vez más se utilizan en nuestra cocina. Así lo opina también la cocinera Elena Argüello, que destaca que esencialmente en las zonas del rural este producto ha pasado de servir de alimento a los animales a ser objeto de múltiples y suculentas recetas. Ya que estamos en otoño, las filloas, también denominadas chulas, pueden ser una opción, como ayer se demostró en la degustación que se realizó en el establecimiento Casa dos Druidas, en el municipio de Vilaboa, donde desde hace unos años celebran por todo lo alto el Samaín. Pero las posibilidades son muchas, según Argüello, «porque además se trata de un producto que puede conservarse durante mucho tiempo». La receta. Para quien se anime a preparar las chulas, la cocinera da la receta: primero hay que cocer el relleno de la calabaza y después escurrirla muy bien (incluso colocando un peso encima para quitarle el agua). En general, para un kilo de calabaza (hay que tener en cuenta que al cocer merma mucho) se precisan seis huevos, separando claras y yemas, un poquito de zumo de limón para subir las claras y dos cucharadas de azúcar con las yemas. Antes de echar la harina se puede condimentar con algún licor, y después, el proceso es el de una filloa normal, llevándolas a la sartén (en la que habrá un poco de aceite, manteca o tocino) con un pincel. Eso sí, si hacemos la masa más espesa (añadiendo mayor cantidad de harina) también podremos convertir esas filloas en tortitas, que son otro postre igualmente sabroso. Pero la lista de menús no se acaba aquí ni tampoco en el popular cabello de ángel. Elena Argüello recomienda probar la empanada de calabaza (la hay dulce y salada), los fritos de calabaza e incluso incluir este producto en la tradicionalísima tortilla de patata. A excepción de este último plato, el limón es parte importante tanto de las filloas como de los fritos, porque como dice la cocinera, «la calabaza en sí ya es bastante dulce, y al añadirle azúcar, todavía se acentúa más ese sabor, así que el limón rebaja un poco».
Pero antes de que ayer por la tarde se degustasen las filloas, la Casa dos Druidas tuvo también su noche de calabazas. El local celebró la duodécima edición de la Noite dos Calacús, con el concurso que premió los mejor decorados. En esta ocasión hubo nada menos que 85 calacús presentados al certamen, y aunque les parezca un número importante, no ha sido la edición más concurrida. «Solemos tener más gente cuando coincide un festivo largo -comenta Manolo, del establecimiento vilaboense-. Pero sin duda en los últimos tiempos se está recuperando esta tradición». No sólo adultos han participado en el certamen, sino también numerosos niños -que, no piensen mal, fueron a primera hora de la noche a presentar sus propuestas-. Hubo dos premios para los concursantes que aportaron la pieza más grande (le llamaron jrande) y la más elaborada (buitre), que reproducimos en esta página, dotados con cien euros cada uno. Para aquellos que todavía no están duchos en materia tradicional, conviene recordarles que esta tradición de iluminar calabazas servía en el mes de Santos y Difuntos para asustar a vecinos y paisanos que pasaban por las corredoiras, principalmente en las zonas costeras, donde este juego fue perviviendo hasta que estuvo a punto de desaparecer. Algo mucho más light que la costumbre de la que procede, aquella que practicaban ciertas tribus de la Edad de Hierro, que colocaban una vela encendida dentro de las calaveras de los muertos y las instalaban en lo alto de las murallas que rodeaban los castros para espantar enemigos.