En el botellón de Vilagarcía cada chaval gasta cinco euros y bebe media botella
08 oct 2007 . Actualizado a las 02:00 h.La noche del sábado invita a sumarse a los chicos que se congregan en la playa de A Concha, en Vilagarcía. Alrededor de las mesas de madera y protegidos por los pinos, a partir de las once van llegando grupos de muchachos con sus bolsas del súper repletas de botellas de alcohol y de refrescos. No pasan de medio centenar, nada que ver con los que suelen reunirse en los meses de verano. En Arousa el botellón no depende del curso escolar, sino del tiempo. «Si hace bueno venimos todo el año», confirma un chico de 21 años que llegó con sus amigos de toda la vida, una veintena de jóvenes de Catoira, Bamio y Vilagarcía. Cerca de ellos, un grupo de chavales vilagarcianos que difícilmente alcanzarían la mayoría de edad, y un poco más lejos, escondidos entre los árboles, otras pandillas deseoas de pasar desapercibidas y que no quieren saber nada de la prensa. En el parque del Centenario, sorprendentemente, no había nadie en la noche del sábado. Otros cuatro grupos se dispersaban por las inmediaciones del río Con.
De fiesta en la comisaría
Los motivos de la reunión en Vilagarcía no difieren en absoluto de los que llevan a miles de jóvenes a practicar el botellón en toda Galicia. «Nosotros ponemos cinco o seis euros y nos da para un montón de copas; con ese dinero, en un pub no puedes beber más que dos». Esa despensa, para la que se hace acopio en un supermercado o en una tienda de 24 horas, les permite a cada uno de ellos tragarse media botella de whisky o de cualquier otro licor. Los que tienen el bolsillo más repleto, luego siguen en los pubs, y reconocen que si alargan la fiesta hasta el mediodía, pueden gastarse unos sesenta euros. Eso los sábados, pero si se tercia, salen también los jueves, y a veces, los viernes. «Y en verano no nos perdemos una romería», dice uno todo trajeado. Al final, las copas se suman. Algunos reconocen que se multiplican. «Nos preocupa el alcohol, es posible que bebamos demasiado», admite uno de los de más edad. «Beberás mucho tú; yo no», puntualiza una chica. ¿Y otro tipo de sustancias? «Algún porro, pero nada más; de rayas, nada».
Aseguran que la policía no les molesta, que ven pasar el coche por la carretera pero casi nunca se acercan. «Sólo si ven follón entran en el paseo, sino pasan de largo. No nos dan la lata, de hecho, cuando llueve nos juntamos en la entrada del juzgado, al lado de la comisaría, y no nos dicen nada». Alguno recuerda un par de broncas, aunque no quiere entrar en detalles. La noche más desmadrada fue la víspera de la Festa da Auga, con chicas desnudas bailando encima de las mesas.
Suciedad
Pasadas las doce de la noche ya se les nota la alegría en el cuerpo y se les suelta la lengua. «No me saques en la foto que mi padre no sabe que estoy aquí», advierte uno. Pero hablar, sin problema ninguno. «Si queréis os invitamos a una copa». Sólo dos asuntos consiguen hacerles torcer el gesto. Uno, la imagen que se da de sus reuniones en los medios de comunicación. «Nosotros aquí no hacemos daño a nadie, si las copas no fueran tan caras no estábamos en la calle. Sólo somos un grupo de amigos que salimos para estar juntos y tomarnos unas copas». El otro, el de la limpieza. «No es cierto que lo dejemos todo sucio -dice una chica enfadada-. Nosotros ya nos ponemos al lado del contenedor para tirar todo en él, y cuando marchamos, recogemos». Pero lo cierto es que los domingos por la mañana, la playa de A Concha parece haber sido escenario de una batalla campal. «Eso serán otros, que los hay muy guarros», insiste la joven. «Lo que pasa que a veces no hay ni donde tirar las cosas, mira cómo está el contenedor, lleno del todo», puntaliza un muchacho.
La mayoría son estudiantes, sobre todo, de módulos de formación profesional. Pero unos cuantos ya trabajan; en una ferretería, de soldador, de fontanero... «Yo dejé los estudios pronto», dice uno. «A mí me echaron del instituto -reconoce otro-. Porque no hacía nada y molestaba».
Piensan quedarse hasta las dos de la mañana, y después, irse a los pubs. Los de al lado, mucho más jóvenes, dicen que de la playa se irán directamente a casa. «Yo tengo que estar a la una», indica un muchacho que mira el reloj a modo de Cenicienta, y al que le falta poco tiempo para recomponerse si no quiere que sus padres se den cuenta del estado en que llega. «Yo tengo hasta las dos», dice una compañera suya, satisfecha.