El arte de descrear

María Conde PONTEVEDRA

PONTEVEDRA

MARTINA MISER

Reportaje | Los diseñadores de El Último Grito impartieron un taller en Pontevedra Roberto Feo y Rosario Hurtado han revolucionado el mundo del diseño con trabajos que ofrecen una vuelta de tuerca sobre lo que conocemos como realidad

29 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

?iss Ramírez, una butaca de corcho con asiento de látex, les abrió las puertas internacionales del diseño. Con aquella creación, cuyo nombre evocaba a la protagonista de Solo ante el peligro, El Último Grito, dos artistas formados y afincados en Londres, ganaron en 1997 el premio 100% Design otorgado por la revista Blueprint. Después vinieron más diseños, como Mind the gap (Cuidado con el agujero), una original mesa revistero, Don't run, we are your friends, una lámpara que recuerda a los ovnis y reproduce la frase de la película Mars Attacks cuando los marcianos disparan sobre los ciudadanos terráqueos o más recientemente, los micos, unos muebles aparentemente dirigidos al público infantil. De las creaciones de los miembros del El Último Grito se dice que son «objetos útiles que desafían el límite del objet d'art sin asomo de pedantería». Roberto Feo y Rosario Hurtado, que esta semana han impartido un taller en la Casa das Campás a diseñadores, arquitectos y alumnos de Bellas Artes, no se consideran «diseñadores ingleses ni españoles»: «Coincidimos con ideas y cosas que hace gente de muchos sitios». Pero sí reconocen que lo más español de su trabajo es que el nombre que le ponen a todas sus creaciones sea irónico. «Es algo que a lo mejor no entiende mucha gente -explica Hurtado-. Pero son cosas que te llevas de la experiencia de cada día. Por ejemplo, Mind the gap es el aviso que dan en el metro para que la gente tenga cuidado. Algo que para los ingleses es parte de su vida, pero a los turistas les parece más gracioso». En Pontevedra El Último Grito (otro nombre que en Inglaterra tienen que explicar) han intentado inculcar a los alumnos de su taller su filosofía de trabajo, «cuestionar las tipologías», como parte de un proyecto titulado Make believe, en el que llevan trabajando más de un año y cuyo título tiene que ver con el mundo creado por los niños, «ese mundo que si tú quieres y te lo crees, puede ser». «Descrear» «Más que crear, se trata de descrear -dice Rosario Hurtado-. Nuestro gran éxito es haber conseguido que compañías como Maggis fabriquen objetos que cuestionan las tipologías, como los micos, que son lo último que hemos hecho, muebles inspirados en niños, aunque los pueden usar los adultos. ¿Por qué un mueble para un niño tiene que ser una silla?». A los alumnos del taller les propusieron decorar una estancia de la Casa das Campás con sus propios objetos elaborados con cartón y aluminio, que luego serán cubiertos con pegatinas y formarán parte de una instalación que se expondrá en Alemania, pero que ayer ya se pudo ver en el edificio del Rectorado. «Les preguntamos ¿cómo acondicionaríais este espacio?, pero intentando alejarnos de las tipologías que nos vienen dadas por la cultura, lo que es algo muy difícil. De hecho, la mitad están haciendo objetos como los conocemos», señalan. De Madrid a Tokio Algo que no acaban de comprender por ejemplo, es el fenómeno de Ikea, «por el que un japonés compra lo mismo que un ciudadano de Alpedrete». «No nos creemos -dice Rosario Hurtado- que las necesidades culturales de relación con los objetos que tiene una persona en Madrid y otra en Tokio puedan ser las mismas, pero nos están imponiendo tener que relacionarnos con objetos globales». Viendo su trabajo, una se pregunta cómo es el hogar en el que viven. «Un desastre -dice Roberto-. Hubo un momento en que era digno de un documental». Pero sin duda, algo que dicen que les ha ayudado en su labor creativa es tener la bañera en la cocina. Sí, lo han leído bien. La casa en la que viven Feo y Hurtado es muy antigua y pertenece al Ayuntamiento de Londres y, a principios del siglo XX, cuando los baños empezaron a instalarlos dentro de las viviendas (antes eran públicos), decidieron hacerlo en las cocinas, porque era donde estaba la toma de agua. A ellos les encanta, y a sus vecinos también, porque cuando la Administración decidió que era hora de cambiarlo, se negaron en rotundo. «Llevamos dieciséis años con el baño en la cocina -dice Rosario-. Hay gente que se horroriza con esto, pero a nosotros llegó un momento que nos encantaba. Mientras uno se ducha y otro prepara el desayuno estás hablando, y a veces nos tirábamos hora y media. Eso nos ha influido mucho en la idea de cuestionar las tipologías. Crea un momento social que no existe si tienes un baño y una cocina». «Siempre pensamos -añade por su parte Roberto Feo- que era algo nuestro, pero cuando pasó había reuniones de vecinos en las que todo el mundo tenía la misma experiencia. Eso ha cambiado la manera de entender cómo vives».