Aída Gómez, versus danza

Leopoldo Centeno

PONTEVEDRA

Comentario | «Sueños y Salomé»

14 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

La compañía de danza española que dirige Aída Gómez, de la mano de Caixanova, ofreció su espectáculo Sueños y Salomé: un auténtico deleite para los sentidos. Dividido en dos partes bien diferenciadas, la primera estuvo enfocada en la música española (mejor dicho: andaluza), bajo el título genérico de Sueños, con coreografía de la propia Aída Gómez e integrada por cuatro cuadros: Suite española, con música de Juan Pedro Acacio, Mensaje (música de Vicente Amigo), Levedad (música de Carlos Piñana) y Silencio Rasgado (música de Jorge Pardo). La segunda parte estuvo dedicada a la obra Salomé, basada en el pasaje del Nuevo Testamento que narra el final de la vida de san Juan Bautista a manos del tetrarca Herodes Antipas, quien vivía en concubinato con su cuñada Herodías, la cual tenía una hija llamada Salomé. La música de Roque Baños, de marcado acento andaluz, está entroncada con arabescos y reminiscencias hebreas, pakistaníes e indias, conformando una serie de danzas de gran belleza, con unas joyas incrustadas de música religiosa del barroco debidas a Bach (aparición del Bautista en el escenario), Haendel y Telemann. En la grabación de la banda sonora colaboró de forma activa Tomatito. La coreografía corresponde a José Antonio Ruiz, la dirección artística de Aída Gómez y la escénica de Carlos Saura. Junto a la singular Aída Gómez en el papel central de Salomé, han bailado como solistas: Primitivo Daza (Herodes), Carmen Villena (Herodías) y Nicolás Maires (Juan el Bautista). Por destacar algo sobre lo destacable: la Danza de los 7 velos y el impresionante y sobrecogedor efecto de la tormenta, en la muerte del Bautista. Este ballet ha tenido una duración de 50 minutos de ininterrumpida danza. La laureada bailarina Aída Gómez, por su temperamento y versatilidad escénica, es una artista nacida para la danza. Su personalidad y poderío sobre las tablas hacen de ella una genial artista que coordina su cuerpo con la precisión de una máquina, movida por un palpitante corazón. Cabeza, brazos, manos, tronco, caderas, piernas y pies parecen partes independientes de su bien formado cuerpo para dar belleza plástica a la música. Su sentido natural del ritmo y su manera de concebirlo hacen de su arte un placer para el espectador. Tanto los tres restantes solistas de danza como los doce componentes del cuerpo de baile, han cuajado una brillantísima actuación, coadyuvando con el equipo técnico a un gran espectáculo de luz, sonido y, sobre todo, de arte plástico; de figuras en movimiento y ¡qué movimiento! La grandeza de lo popular, estilizado, llevado a niveles de perfección, tanto en el plan solístico como en el de conjunto. Al finalizar, los cálidos aplausos del público echaban humo y así durante cuatro largos minutos de encendida admiración, con todo el cuerpo de baile y solistas saludando repetidas veces.