Reportaje | Ciudadanos solidarios Una treintena de pontevedreses cuidan de niños con problemas durante un tiempo limitado. La más veterana, la viguesa Pilar Viso, cuenta su experiencia
21 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.«Todos esos niños van a formar parte de nosotros para siempre, y nosotros parte de ellos», dice Pilar Viso. En su casa de Saiáns (Vigo) han vivido, con ella, su marido y sus seis hijos, docenas de chicos y chicas con problemas más o menos graves. Pilar es la decana de las madres de acogida pontevedresas: en la provincia hay 34 menores que reparten su tiempo entre sus parientes biológicos y otros que los apoyan y a veces les dan «la única experiencia positiva que han tenido dentro de una familia». Su historia empezó hace 35 años, a base de voluntad y casi de tapadillo, porque entonces no existían programas como el que ahora gestiona Cruz Roja. Su marido se trajo a casa a un chaval que «trabajaba día y noche descargando camiones de membrillo. Y sólo le daban de comer membrillo con pan». Llegó a Saiáns para hacerse unas gafas, porque no las podía pagar, y se quedó. Pilar acababa de casarse, y de empezar una vida que da para varios tomos. Docenas de menores Porque el chaval que únicamente comía membrillo fue sólo el primero. En casa de Pilar han residido docenas de niños con problemas. Ella advierte que la acogida no es un camino de rosas: «El mejor de los casos es el de un chico que venga de una familia cariñosa y sin recursos. Después hay de todo», desde chavales con problemas de drogas a niñas violadas por sus padres -«tuve a una que, si no llevaba cada día 3.000 pesetas a casa, recibía una paliza y dormía fuera»-, huérfanos con buena posición económica pero con el contador del cariño a cero, pequeños con una discapacidad psíquica... También algunos mayores, mujeres llegadas de Sudamérica envueltas en promesas que luego quedan en nada, ancianos acohólicos. Y ha habido momentos de celos en sus hijos, y enfrentamientos más inconscientes que otra cosa, y malos rollos con la familia biológica. «Tienen miedo de que les acaben quitando a los niños», explica Pilar. Pero los niños casi siempre vuelven a su entorno, aunque a las familias de acogida les duela: «Un acogimiento no es una adopción. Y ningún niño, ni siquiera los tuyos, es de tu propiedad», afirma. «Cien por cien positiva» Aún así, la experiencia es «cien por cien positiva». Al final, en cada niño ha habido algo que a Pilar se le ha agarrado al corazón. Pese a que su casa debió parecer alguna vez el camarote de los Marx, ella afirma que no es complicado: la cuestión está en ser firme y flexible a la vez. «Es sencillo. Es ponerse. Resulta mucho más difícil contarlo que hacerlo», cuenta. Acogiendo niños, «una saca de sí misma cosas que ni conocía. He llegado a tener a diez personas en casa, con mi marido y conmigo trabajando. Y siempre lo acabas resolviendo». El dinero no es el problema, dice, porque lo que los chavales necesitan es casi siempre otra cosa, «cubrir necesidades afectivas, que les mires a los ojos, o que les digas que no, pero sin darles un golpe». Aunque, desliza Pilar, una mayor implicación de las administraciones no vendría mal para que el programa despegase: «Todo lo que se gasten en ésto no se lo gastarán después en cárceles». «Mis abuelos y mis padres siempre tuvieron una casa abierta, y de lo que se come se cría», explica Pilar, intentando buscar origen a algo que le ha ocupado siete lustros. A veces, aún le pasan cosas como la de aquel chaval que dejó su casa de mala manera, con las familias biológica y de acogida enfrentadas. Y un día, años después, el niño, ya crecido, tocó a su puerta para explicarle que estaba trabajando, que la vida le iba más o menos bien, y que mucho de lo que había conseguido se lo debía a la gente con la que había pasado una temporada. O la de una niña que de no haber pasado por Saiáns habría tenido una vida más lóbrega, y que ahora tiene hijas. De vez en cuando, las pequeñas van a Saiáns, y a Pilar le llaman abuela.