En directo | Corte de cintas frenético El presidente de la Xunta descubrió tres placas en quince minutos, casi sin bajarse del coche, en una mañana maratoniana que dejó fuera de juego a políticos y periodistas
13 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?ntes, las inauguraciones se hacían para los fotógrafos. Ahora, al menos en el caso del presidente de la Xunta, ni para eso: Manuel Fraga pasó ayer por Pontevedra como un ciclón, inauguró tres obras en un cuarto de hora, le tiró de las orejas al alcalde Fernández Lores en cinco minutos e hizo alarde de buena salud ante los periodistas: «Gastroenterite tivérona moitos estes días, e eu, en quince anos que levo aquí, tívena en dúas ocasións inoportunas», dijo en su primera visita a la ciudad después de su desvanecimiento televisado en el debate del estado de la Autonomía. «Es que ni me ha saludado», se lamentaba en Os Praceres una alta dirigente del PP, en la primera de las paradas de la rauda comitiva presidencial. Fraga llegó a la parroquia pontevedresa a las doce y un minuto de la mañana, se apeó de su Audi azul convenientemente abrigado, saludó brevemente al alcalde de Pontevedra y a la jefa de la oposición local, Teresa Pedrosa, recorrió los diez metros que lo separaban de la zona de inauguración, retiró la bandera de Galicia que cubría la placa conmemorativa de las obras en las aceras de la C-550, se la dio a un ujier y se largó a la velocidad de la luz. Lo que hizo después hay que reconstruirlo, pues no muchos fueron testigos de ello: políticos enfundados en gabardinas color hueso y periodistas con sus cacharros a cuestas se lanzaron tras los coches oficiales para asistir a los otros dos actos que el presidente tenía en su agenda pontevedresa. Fueron muy pocos llegaron. La rotonda de la avenida de Compostela fue la segunda parada del día para Fraga. Al presidente se le pudo ver salir brevemente del coche para descubrir otra placa, siempre con el cronómetro puesto: «Pararon no medio da rotonda e non tardarían máis de quince segundos», decía minutos después una señora a los periodistas que corrían tras los automóviles oficiales. «Non creo nin que baixase: debeu sacar a man pola ventá», se burlaba uno de los frustrados perseguidores. Sólo el fotógrafo del departamento de comunicación de Presidencia, que viaja en uno de los coches que acompañan al líder popular, fue capaz de llegar a tiempo para retratar el acto, junto a la fuente que hay al lado de Pasarón. Unos minutos más tarde, a las doce y veinte, Fraga estaba ya recitando un discurso en Campañó, en una carpa montada para la ocasión, después de haber inaugurado su tercera obra del día. La mañana de furia parecía diseñada para que Fraga sacase músculo y mostrase su buena salud en unos días en los que esta se ha puesto en entredicho. El presidente de la Xunta aprovechó el viaje entre rotonda y rotonda para recriminar «educadamente» a Fernández Lores las trabas que el Concello de Pontevedra pone a la actividad de la fábrica de pasta celulosa de Ence, y lo hizo siendo fiel a su estilo directo: Fraga se dirigió al alcalde en Os Praceres para invitarlo a compartir viaje con él, y fue ahí donde la conversación se llevó a cabo. «Eu creo que mo dixo máis como por falar de algo, porque sabemos de sobra o que pensamos un e o outro», dijo después Lores, que se montó en el vehículo con cara de tener sus dudas acerca de lo que podía a pasar dentro. Manuel Fraga acabó su agenda pontevedresa preguntando por la presidenta de la Autoridad Portuaria marinense, María Ramallo, con la que habló treinta segundos, una enormidad en proporción con la velocidad con que había despachado el resto del programa. Después se marchó a la Illa de San Simón, a un encuentro con jóvenes artistas, dejando a cincuenta personas con la lengua fuera y los ojos como platos. Algunos de los que siguen habitualmente al político vilalbés no pudieron reprimirse tras tamaña demostración: «Este ritmo nos afecta a todos... ¿cómo no va a afectarle a él?».