La vicepresidenta del Parlamento, Inmaculada Rodríguez, acudió ayer a la invitación de los jóvenes empresarios de Pontevedra con los deberes hechos. Llegó un poco antes que el conselleiro de Pesca, Enrique López Veiga -verdadero protagonista de la comida-, se esmeró en presentar ante los emprendedores las ventajas que ofrece el Plan Galicia para quienes propongan iniciativas, y dio alguna pista acerca de por dónde pueden ir las oportunidades. Después de estrechar una veintena de manos y tomarse un antigripal, López Veiga, se arrancó con un discurso sobre el trasfondo ideológico del Partido Popular: menos control estatal y más empresa como motor económico.Pero estando en Sanxenxo, y a escasos metros de uno de los puertos donde se concentró buena parte de la actividad para coordinar la lucha contra el chapapote, la conversación no tardó en derivar hacia la marea negra. Después de dar cuenta de una crema de calabacín y mejillones, y de una suculenta Raya, López Veiga se enfrentó a un coloquio presidido por la preocupación por las repercusiones del fuel en la economía gallega.Entre las propuestas de los empresarios figuraban más infraestructuras, un parador de turismo para A Toxa, y hasta que la Familia Real fije su residencia veraniega en Galicia. Sin embargo, todo quedó eclipsado por las ganas de conocer. «¿Por qué se alejó el barco?», «¿Seguirá llegando fuel?», las preguntas se fueron encadenando con las respuestas del conselleiro. Todas dentro del guión: que si alejar el barco fue una buena medida, que si hubo medios desde el primer momento, que si no hay forma de parar una marea negra. Sin embargo, también hubo lugar para la autocrítica. «En la política informativa, con lo del Prestige, pecamos de pardillos -se lamentó López Veiga-. Hubiese sido mejor pintar un panorama desolador para luego ir restando». A toro pasado todo se ve con más claridad.