La presencia de don Felipe eclipsó la del presidente de la Xunta, dos conselleiros, un ministro y el delegado del Gobierno, que se salvaron de las críticas a pie de puerto
16 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Más periodistas que marineros para recibir al Príncipe doce días después de que algunos de los héroes del 4 de diciembre jurasen en aquella jornada que si veían asomar a algún político lo tirarían al mar. Ayer no fueron pocos los que bajaron del despacho al abrigo del heredero para visitar uno de los centros de operaciones desde los que se combate la marea negra en la ría de Pontevedra. Al igual que hizo su padre en Muxía, el Príncipe sirvió de catalizador de emociones, de factor de cohesión en una situación que amenaza con crear un divorcio total entre la clase dirigente y un pueblo que sólo conoce un futuro que se vuelve más negro con cada ola que rompe en la costa. Llegó entre aplausos y se marchó escuchando desde la patrullera de la Guardia Civil que lo llevaba a Ons los gritos de gratitud por su interés, mezclados con alabanzas femeninas a su porte. Un físico que protegió a un séquito contra el que muchos braman por lo bajo mientras retiran chapapote con las manos, pero que ayer, «por respeto» -decían unos-, o «por falta de coordinación» -aventuraban otros ya con el puerto calmado y el Príncipe camino de Ons-, no se dejó notar. «Nunca Máis» Manuel Fraga, Jaume Matas, López Veiga, Arsenio Fernández de Mesa y Carlos del Álamo apenas soportaron un par de carteles en los que se podía leer en letras blancas sobre fondo negro: Nunca Máis. Unos minutos antes, sobre una carta de navegación instalada en la lonja de Portonovo, el Príncipe conoció los puntos del litoral afectados por la marea negra, mientras buscaba respuestas de los patrones mayores de las cofradías sobre la situación a pie de puerto. Los alcaldes de la ría, a un lado, esperaron su turno para intercambiar impresiones con el heredero. El alcalde de Pontevedra, Miguel Anxo Fernández Lores, entregó un informe sobre la situación al Príncipe en el que se critica la descoordinnación, el desaprovechamiento de las ofertas de voluntariado o el conflicto entre cofradías y la empresa Tragasa. Fuera, el ambiente era otro. Los vecinos esperaban impacientes. «Hasta que ma deu non marchei», decía una señora entre risas nerviosas depués de conseguir un apretón de manos del Principe de Asturias. En los apenas seiscientos metros que separan la lonja de la nave de rederas, donde se ha instalado la cocina que da de comer cada día a voluntarios y marineros, medio millar de personas pugnaban por la apreciada sacudida de manos rodeada del galmur de la realeza. En un segundo plano, ministro, conselleiros y presidente salvaron el tipo. Tres días de escasa actividad a la espera de la llegada de la tercera marea negra han calmado los ánimos de los marineros, muchos más preocupados en aprovechar la tregua que les otroga de momento el chapapote para solucionar el papeleo que les permita cobrar las ayudas por el cese de actividad de la flota. «Pruebe esto». Un mejillón recién sacado de la ría de Pontevedra para el Príncipe. En la nave de rederas, las mujeres que se encargan de la cocina se enfrentaron ayer a las cacerolas con un punto de coquetería. Pendientes de perlas y labios pintados para recibir «al príncipe más guapo de Europa», decía un corrillo de jovencitas. Una señora que les triplicaba la edad prefirió fijar sus ojos en Fraga mientras decía entre nostálgica y sorprendida: «Ai, que maior está. E pensar que como el non nos ven outro».